Ait Benhaddou, ciudad bereber
Los valles del Alto Atlas son el lugar donde se desarrolla toda la sociedad bereber; una cultura que es mucho más antigua que la de los propios árabes y que es autóctona de Marruecos (Ver hoteles en Marrakech). Con su propia lengua, su propia idiosincracia, fiestas y ceremonias, su cultura le da un colorido especial a esta zona, aún mayor que el que la propia tierra roja de las montañas le confiere.

Los alrededores de Ait Benhaddou, una ciudad fortificada que se encuentra entre el Sahara y Marrakech, en la provincia de Ouarzazate, son una vasta extensión de arenas ardientes; rojas como el mismo infierno. De un calor pegajoso que parece desprenderse de las mismísimas entrañas de la tierra para adosarse a nuestra piel como si de una segunda piel se tratara. Y cuando llega la hora del atardecer, cuando el sol cae, las kasbas o fortalezas, y los oceanos de dunas se colorean de ese intenso rojo de fuego que parece apasionarnos el corazón y enjaretarnos como si de los propios bereberes habláramos, con el ánimo de conquistar, turísticamente hablando, tan impresionante ciudad.
El alcázar de Ait Benhaddou es uno de los que mejor se conservan de todo el Alto Atlas. Su reciento amurallado en piedra/adobe que te da la doble sensación de ser inexpugnable, pero por otra parte, de haber sufrido los estragos del paso de la Historia, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y su belleza y tipicidad es tal que ha sido utilizado en películas famosas como Lawrence de Arabia, La Ultima Tentación de Cristo, Jesús de Nazareth o La Joya del Nilo, películas donde la imagen del desierto, y de las ciudades perdidas entre dunas requerían de una instantanea capaz de activar en nuestro cerebro la idea de ardor, de calor, de soledad intratable, de desesperación y al mismo tiempo de belleza serena que sólo las ciudades de los desiertos son capaces de despertar en nuestros sentidos.
Su situación le permitió siglos atrás controlar todo el tráfico de caravanas del desierto, y es que verla allí arriba, coronando una cima de más de 100 metros de altitud, sobre un tranquilo poblado, se impone ante nuestra vista como un espejismo que parece surgir del ocre de la montaña.

La ruta que nos lleva a ella es una ruta que en muchas agencias turísticas venden ya como la “ruta de las Kasbahs“, unas fortificaciones que se levantan en medio del desierto, entre muros de piedra color ocre, semiderruidas pero de gran riqueza interior, cicratizadas por la erosión continua del tiempo, el calor y la arena, dentro de unas paisajes a veces casi sobrenaturales, y que tiene, habitualmente, su comienzo en la ciudad de Ouarzazate, para adentrarse por el valle del Draa, el Ziz y el Dadés, y que tiene sus puntos culminantes en Ait Benhaddou y en la fortaleza de Taourit.
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