Alejandría, la ciudad de los amores entre Cleopatra y Marco Antonio, la de la gran Biblioteca que reunía el saber del mundo antiguo, de su famoso faro o de la Justine de Durrel, es una de las grandes olvidadas de Egipto. A pesar de todo esto, no suele formar parte de los intinerarios turísticos que recorren el país, quedando al margen del turismo masivo.
Llegar hasta ella se convierte, por tanto, en una labor para viajeros solitarios, para aquellos que quieren saborear el espíritu de esta ciudad y recorrer los lugares míticos que la jalonan. Desde El Cairo no es demasiado complicado alcanzarla. El tren sale regularmente desde la capital, al igual que numerosos autobuses interurbanos que, aunque suelen estar rotulados solo en árabe, no son complicados de coger.
Al llegar a Alejandría, la primera impresión es de caos. Se trata de ese caos tumultuoso que suele caracterizar a las ciudades orientales, de gente que parece vivir perennemente en la calle, de edificios con la impresión de estar casi en ruinas, con miles de mercados que exhiben su mercancía sin ningún tipo de garantía higiénica. Y, sin embargo, Alejandría es una ciudad que acaba enamorando al que la visita.
Caminar, caminar, caminar
Alejandría ofrece a aquel que la visita una serie de imágenes exóticas, insólitas, propias de una ciudad que ha vivido de cara al mar y que, como suele pasar, ha estado abierta a todos los que por ella han pasado. En algún sentido, Alejandría es la apoteosis de la ciudad mediterránea, con sus pros y sus contras: la incuria de sus calles, en el griterío de sus mercados y sus bazares, en sus olores intensos o en la fisonomía desaseada que tienen incluso sus rincones más distinguidos. Lo mejor para conocerla es caminar, caminar sin rumbo, siguiendo el instinto del viajero.

Este edificio, frente al mar, flotando en un pequeño lago artificial y casi totalmente transparente, es un digno heredero del que albergaba la antigua biblioteca. De noche, iluminado es espectacular, mientras de día, los reflejos de la luz del sol en los cristales y en el agua, lo hacen una visión de otro mundo


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