Alejandría, no digas que fue un sueño

Por | 09/05/2007 10 comentarios
Alejandría, la ciudad de los amores entre Cleopatra y Marco Antonio, la de la gran Biblioteca que reunía el saber del mundo antiguo, de su famoso faro o de la Justine de Durrel, es una de las grandes olvidadas de Egipto. A pesar de todo esto, no suele formar parte de los intinerarios turísticos que recorren el país, quedando al margen del turismo masivo.

Llegar hasta ella se convierte, por tanto, en una labor para viajeros solitarios, para aquellos que quieren saborear el espíritu de esta ciudad y recorrer los lugares míticos que la jalonan. Desde El Cairo no es demasiado complicado alcanzarla. El tren sale regularmente desde la capital, al igual que numerosos autobuses interurbanos que, aunque suelen estar rotulados solo en árabe, no son complicados de coger. Al llegar a Alejandría, la primera impresión es de caos. Se trata de ese caos tumultuoso que suele caracterizar a las ciudades orientales, de gente que parece vivir perennemente en la calle, de edificios con la impresión de estar casi en ruinas, con miles de mercados que exhiben su mercancía sin ningún tipo de garantía higiénica. Y, sin embargo, Alejandría es una ciudad que acaba enamorando al que la visita. Caminar, caminar, caminar Alejandría ofrece a aquel que la visita una serie de imágenes exóticas, insólitas, propias de una ciudad que ha vivido de cara al mar y que, como suele pasar, ha estado abierta a todos los que por ella han pasado. En algún sentido, Alejandría es la apoteosis de la ciudad mediterránea, con sus pros y sus contras: la incuria de sus calles, en el griterío de sus mercados y sus bazares, en sus olores intensos o en la fisonomía desaseada que tienen incluso sus rincones más distinguidos. Lo mejor para conocerla es caminar, caminar sin rumbo, siguiendo el instinto del viajero.

El centro de la ciudad la plaza de Saad Zaghloul, es el foro donde todo se mueve. Frente al mar, está repleta de cafés con aspecto de viejos. Cafés que, para los amantes de la literatura, tienen el mérito de haber servido de inspiración y de escritorio a tantos personajes celebres que por allí pasaron. Desde Lawrence Durrel, autor de la mejor obra sobre la ciudad jamás publicada, El Cuarteto de Alejandría, hasta el mismo Churchill, sin olvidar, claro está, a nuestro Terenci Moix, que encontró aquí un segundo hogar. Monumentos dispersos No dispone Alejandría de un centro histórico donde sea cómodo visitar los monumentos. Hay que desplazarse por toda ella para ir encontrando los pocos restos que el pasado nos ha legado. Las catacumbas de Kom el Chogafa, que muestran bajo tierra un laberinto de pasillos y cavidades claustrofóbicas de la Alejandría paleocristiana. El anfiteatro romano de Kom al Dikka, en cuyos alrededores se siguen rastreando sorpresas arqueológicas. El pequeño y coqueto Museo Greco-Romano (trasladado a la sede del Museo Nacional, lejos del centro), que presenta algunas piezas delicadas de arte clásico y faraónico. La gran columna de Pompeyo, que, en su soledad de ahora, impresiona aún más que lo que debía de impresionar frente al templo para el que fue levantada También son interesantes varias mezquitas que se encuentran dispersas por la ciudad, como la de Ibrahim Terbana. Como ejemplo del mestizaje que siempre ha tenido la ciudad, se utilizaron para construirla capiteles greco-romanos. Por último, el Mar Si, ya se que los dos monumentos más importantes de la ciudad, ambos cercanos al mar fueron destruidos: el faro, que alumbraba la entrada del puerto y que fue destruido en el siglo XIV por un terremoto, y la biblioteca, que, siendo la más importante de la Antigüedad, ardió en tiempos de Cleopatra convirtiendo en cenizas 40.000 volúmenes en los que se escondían muchos de los secretos del saber de la época. Pero, no obstante, el paseo por la larguísima Corniche de Alejandría es algo que nadie debería perderse. Mi consejo es hacer noche en la ciudad, en alguno de los numerosos hoteles existentes. Así, podrán realizar una caminata nocturna por este paseo marítimo. Con un ambiente increíble, de repente el viajero se topa con una maravilla: La Nueva Biblioteca Este edificio, frente al mar, flotando en un pequeño lago artificial y casi totalmente transparente, es un digno heredero del que albergaba la antigua biblioteca. De noche, iluminado es espectacular, mientras de día, los reflejos de la luz del sol en los cristales y en el agua, lo hacen una visión de otro mundo



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