No hace mucho os hablábamos de la isla de Guadalupe. Ésta junto a Martinica y Dominica son las que forman las Pequeñas Antillas, un lugar de paraísos perdidos, donde la Naturaleza se ha impuesto a la civilización, ofreciendo rincones salvajes, playas y bosques de una belleza insultante, y la más variada flora y fauna que podamos imaginar.
Emerald Pool
Dominica es otra de esas islas donde podríamos perdernos sólo para comulgar con la Naturaleza. Para practicar senderismo o bucear en sus fondos marinos. Allí los amantes de la vida natural se encuentran en un mundo de ensueño de esos que sólo nos pintaban en las historias de piratas y en las leyendas de marinos. Porque Dominica es sobre todo una isla selvática. No tiene esas exuberantes playas que nos ofrecen Guadalupe o Martinica, pero sí que nos ofrece un interior mucho más agreste. Dos frases pueden definirla: - Après bondi, c'est la Ter (después de Dios, está la Tierra) - Dominica es una gigantesca planta de laboratorio que no ha cambiado en 10.000 años. La primera es el lema que reza en el emblema nacional de la isla, y que nos da una idea del paraíso celestial que nos han puesto ante los ojos. Es quizás lo más cercano a aquel Edén del que tanto nos habló la Biblia. Porque una vez desembarcas en la isla y te internas por ella, descubres una selva frondosa, unos verdes brillantes como nunca habías visto, una jungla que a veces parece inexplorable, y una variedad de aves impresionante, colores en sus plumajes que te hacen pensar que en ese paraíso deben existir animales aún desconocidos para el hombre. Por eso mismo, tiene sentido la segunda de las frases anteriores, la que dijo en un momento determinado el Instituto Smithsoniano en una de sus investigaciones por la isla.



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6 Comentarios al Artículo: Dominica, otro paraiso perdido