El bosque de Oma, un paraje magico

Llega el Otoño y el bosque se llena de colores pardos, de marrones nostálgicos que cubren la tierra de olores a viejas leyendas. Las peñas aúllan en un canto natural; la hojarasca cruje a nuestro pies con un grito de lamento y una brisa ligera silba entre árbol y árbol, desmadejada, perdida, buscando la salida, asustada. Lleva en su capa esa brisa un susurro, alegre y refrescante, mientras a su paso va dejando en aquel valle estrecho y alargado, las mágicas imagenes del paso del tiempo. Levanta la bruma, y bajo ella, aparece un lugar encantado; un cuento hecho realidad, de gnomos, de hadas, y duendes, de historias de niños que te inundan el corazón de color. Es el bosque de Oma.
El Bosque de Oma. Naturaleza hecha arte. Arte dando vida a la Naturaleza. Pinos pintados de las más diversas formas y colores que se extienden ante nuestros ojos, en el entorno de la ría de Gernika, no muy lejos de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, entre caseríos de madera y piedra que forman la foto perfecta de armonía, de tranquilidad, de silencio absoluto que riega nuestros sentidos.
Kortezubi es el pueblo desde el que mejor podremos acceder al bosque de Oma. Nada más llegar parece embriagarnos el olor de la humedad del Cantábrico que parece adherido a la misma corteza de los árboles. Y entonces, después de esa primera impresión de frescor, es cuando vemos los rombos, círculos y cuantas figuras geométricas podamos imagninar, que un día, hace ya más de 20 años, pintó Agustín Ibarrola en ellos. No hay itinerarios, no hay recorrido oficial. Simplemente se trata de dejarse llevar por nuestros propios pasos y admirar la profundidad de los dibujos, jugar a imaginar lo que en uno y otro árbol podemos captar; intentar averiguar en ellos qué quiso expresar el autor.
Y si ya nos hemos empapado de las pinturas del famoso artista vasco, Agustín Ibarrola, podremos continuar nuestro camino hacia las cuevas de Santimañe, muy cercanas, donde podremos admirar otras pinturas, en este caso, de 13.000 años de antigüedad, de bisontes, cebras y caballos.
Y, para finalizar el día, nada mejor que relajarnos tomando unos txacolís y saboreando la típica gastronomía vasca (Ver hoteles en Bilbao) en la villa de Gernika, en la plaza de los Fueros, junto a la casa de Junta y el roble centenario.
Fotos vía Flickr
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