En la ciudad de Thysdrus, que se cree, fue fundada por los fenicios, se escribe una historia que habla de riquezas, sangre y poder.
Cuando llegó en imperio romano a la ciudad, y se comienza a explotar las bondades del aceite de oliva levantándola económicamente, se comienzan a erigir en el lugar, monumentales obras pertenecientes al Estado y a los más ricos; una de las obras más grandes que existieron allí, es el anfiteatro romano de El Jem.
La infraestructura del anfiteatro está tallada completamente en arenisca traída de la zona de Mahdia. El acceso a El Jem se realizaba por la planta baja a través de enormes arcadas que muestran inscripciones simbólicas que corresponden a un barrio completo de la ciudad, de modo que los que ingresaban debían salir por la puerta asignada para evitar tacos.
En la parte inferior del anfiteatro hay enormes bóvedas donde se dejaban encerradas a las fieras, a los gladiadores y los condenados a muerte. Los condenados muchas veces entraban a la lucha sin armas y debían enfrentarse con enormes fieras y adversarios armados que los hacían pedazos delante de todo el público, que ovacionaba encendido por más y más sangre.
Los pocos que lograban sobrevivir a estas luchas, generalmente quedaban mutilados y apenas en un estado lamentable, luego, al cabo de tres años eran liberados y se les daba una pensión que les permitía subsistir.
Me pregunto si no habrá sido demasiada generosidad aquella por parte del gobierno, beneficiando a una persona que ya toda mutilada y destrozada no tan solo en cuerpo sino en mente, seguramente lo único que deseaba era morir pronto, antes que seguir sufriendo el calvario de una pseudovida. En el fondo, con esa pensión de subsistencia lo que hacían, era prolongar el calvario de esos condenados.
Fotos: Flickr