Encuentro emocionante con Gabriela Mistral en Valparaíso
0 votos

Encuentro emocionante con Gabriela Mistral en Valparaíso

El encarcelamiento de mi hermano gemelo en Santiago fue un golpe muy duro para mí. Me sentí extrañamente vacio, vacio como una basura de carnicería a las tres de la madrugada. Necesitaba sentarme y pensar, pero no en cualquier banco. Necesitaba un remanso de paz. Pregunté al hombre que tenía más barba donde solían ir los artistas en busca de inspiración. Me dijo que se iban a Valparaíso. “¿Por qué?” “Porque allí vivió Pablo Neruda”.

En el bus que me llevaba a Valparaíso, leí que aquel Pablo era un poeta chileno que sabía escribir. Lo hacía muy bien, por lo que leí. El hombre de la barba no me había mentido, Valparaíso se encuentra en una bahía rodeada de cerros. Me perdí en las calles del cerro Alegre, tropecé un par de veces en el cerro Concepción, demasiado ocupado en mirar todas aquellas pintadas.

Las farolas, las aceras, las puertas de los garajes y de las casas estaban pintadas. En mi corta vida canina tuve la oportunidad de ver muchas ciudades pintadas, pero en Valparaíso no se trataban de insultos, sino de verdaderas obras de arte. Me enamoré tanto de una puerta de casa que me quedé media hora mirándola, hasta que un anciano la abriera para preguntarme si estaba bien.

“Encuentra a Papa” fue lo último que me dijo mi hermano. “Si tardo tres meses en encontrar a cada miembro de mi familia, tendré que pedir al conejillo de Indias que está en casa que aplace mi cita con el dentista” pensé mientras comía una salchicha. Llegué a la casa de Pablo Neruda y me quisieron cobrar. “¿Quién es usted para hacerme pagar la entrada de la casa de un poeta?” pregunté. “Un funcionario del ministerio de Cultura” dijo el hombre.

No tenía ni un centavo, así que salí y paré en una plaza para descansar. Tenía que encontrar a mi padre. Sabía que era un mono, que le gustaban los plátanos y que me había abandonado con mi hermano en una caja de zapatos delante de un zoo. Intenté juntar todos aquellos elementos juntos y llegue a la conclusión de que me faltaba algo de información.

Entonces se sentó una señora, me dijo que parecía muy triste. “Tengo mala suerte. Llevo tres meses buscando a mi hermano y cuando lo encuentro, estrella un avión en un restaurante y acaba en la cárcel”. “Lo lamento” dijo la señora. ¿Cómo te llamas?”. “Rasta Farry. ¿Y usted?” “Gabriela Mistral”.

“Usted es una muy buena artista, señora Mistral”. “Gracias”. “En serio, admiro los artistas callejeros, parece usted una estatua de verdad”. “Soy una estatua, Rasta”. “No lo entiendo”. “He fallecido en Nueva York hace 55 años”. Parpadeé un par de veces, un poco como mi ex, Barbie, cuando se deja encerrar en cajas de plástico. “No te asustes, no soy un fantasma” dijo Gabriela. “Era poeta, por ese motivo colocaron una estatua en mi recuerdo”. “Debía usted ser muy famosa, no creo que nadie coloque una estatua con mi nombre cuando deje de despertarme”.

“Tengo la sensación de que tu corazón está lleno de amor y que te niegas a liberarlo” dijo. Sus palabras me llegaron al corazón y estuve a punto de ladrar. “Creo que te ha faltado amor materno, dijo Gabriela. Por ese motivo buscas a tus padres”. “¿Cómo lo sabe?”. “Soy una poeta”. “¿Entonces me puede decir donde se encuentran?” “No” “¿Por qué?” “Porque soy una poeta”.

“Ya que es usted poeta, señora Mistral, ¿tiene algún consejo para darme?” dije. “Si fueras un pez en un mar sin predadores, ¿nadarías con o contra la corriente?”. La pregunta de Gabriela me hizo perder el equilibrio, me pregunté si había oído bien. “Con la corriente, supongo” dije después de ponerme en la piel del pez. “¿Ves?”. Giré la cabeza pero no veía nada especial, estábamos solos. “Deja de luchar, Rasta, sigue la corriente”. “El problema es que no soy un pez, señora Mistral”. “No importa. Dime una letra”. “¿Una letra? ¿Para qué?” “Ya verás.” “Pues no sé… M”. Sacó una enciclopedia, la abrió en la letra M y dijo “Ya lo tenemos. ¡Mendoza! Hemos encontrado tu próximo destino”. “Pero podría haber dicho Z… o S” protesté pensando en Salchicha. “Pero dijiste M. Sigue la corriente, Rasta, déjate llevar. La vida te llevará hasta tu padre, no tengo la menor duda.”

De repente Gabriela dejó de mover, fue cuando me di cuenta de que le faltaba la mano izquierda. Me levanté con la intención de seguir el consejo de la poeta. Tenía que seguir la corriente. Tenía que ir a Mendoza.

Deja tu comentario

XHTML: You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>