Ilha do Mel: cómo me hicieron coronel para luchar contra perros piratas
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Ilha do Mel: cómo me hicieron coronel para luchar contra perros piratas

Para que entendáis lo que sentí al saber que mi otro yo (posiblemente mi hermano gemelo) había servido en el ejército de Ilha do Mel y que estaba pisando sus huellas, deberíais estar en mi piel o, al menos, bajo mi gorro, cosa que me parece difícil de hacer. Por lo tanto, creo conveniente no explicaros lo que sentí. Lo que sí os puedo decir, es que el monte detrás del cual estaba el cuartel de los militares no estaba tan cerca como parecía desde lejos. En fin, por un hermano, uno se deja la trufa si es necesario.

Poco antes de llegar a los cuarteles, escuché voces dando órdenes y vi unos soldados que se agitaban alrededor de una fortaleza. Algunos desplazaban cañones como si se prepararan para disparar. Un soldado me vio llegar y me ordenó que levantara las patas, creo que le asustó mi gorro. Otro se acercó y pareció reconocerme de algo porque enseguida dijo al otro que bajara el arma. Se acercó, me abrazó y me preguntó qué hacía por aquí llamándome “Chango”. Entonces tuve una idea genial, entré en el juego y me hice pasar por el que creía que era. Le dije que tenía que hablar con el general. Me dijo que estaba muy ocupado echando una siesta merecedora en una hamaca pero que el comandante estaba por aquí. Le seguí hasta la plaza de armas dónde había un montón de cañones listos para disparar.

Me explicó que le habían notificado que unos perros piratas acaban de atacar unos pescadores en alta mar y habían robado sus barcos. Temían un posible ataque canino. Parecía algo preocupado, decía que el jefe de las tropas caninas era un caniche con la inteligencia de Napoleón y el bigote de D’artagnan . Por fin vi al comandante pero estaba ocupado dando órdenes, estaba ensayando para comprobar si los cañones funcionaban bien.

Al final no tuve que hablar con el comandante porque alguien avisó al general y vino a verme con una espada colgada a su cintura. Dijo que no pensaba que volvería a verme y que echaba de menos mi valentía al combate, que soldados como yo sólo se veían en las películas hoy en día. Me resumió la situación, le notaba bastante preocupado, incluso me confesó que por primera vez en su vida sentía miedo porque nunca había luchado contra un ejército de perros y no sabía muy bien cómo defender la fortaleza.

Cuando le dije que tenía une idea, sus ojos se iluminaron, me hizo pasar en su tienda, se encendió un puro y me dijo que me escuchaba. Le expliqué que nunca en la historia perros piratas habían tomado una caseta de vigilantes de playa porque las escaleras eran tan verticales que los perros no podían subir. Sonrió, me dijo que era el animal bastardo más listo del universo y ordenó a sus hombres que construyeran escaleras como las de las casetas de los vigilantes de playa. Me hizo coronel en un instante y casi sin quererlo, estaba dando órdenes al comandante que había visto unos minutos antes.

Mi plan resultó exitoso: los perros piratas llegaron hasta la costa ladrando y enseñando garras, pero por mucho que ladraban, no podían subir las escaleras. Definitivamente se esperaban a muchas cosas pero no a una defensa digna de una caseta de vigilantes de playa. Tuvieron tantas pérdidas que su jefe, el gran caniche, ordenó la retirada de sus tropas.

Después de la batalla confesé al general que no era la persona que él pensaba, que mi nombre no era Chango, sino Rasta Farry. “Pues debe ser tu hermano gemelo ya que él se llama Chango Farry” contestó el general. Me dijo que se había marchado de la isla hacía un par de semanas, quería un cambio de vida, decía estar harto de morder gemelos. Lo único que había dicho al general era que se iba a Rio de Janeiro, quería conocer la mítica playa de Copacabana . Pedí permiso al general para retirarme del ejército en el que me acababa de incorporar unas horas antes. Dijo estar triste perder un elemento tan bueno pero que no podía negarme aquel favor. Cuando le pedí cuando salía el próximo barco, me dijo que me olvidara de los barcos, que los mares ya no estaban tan seguros. “La forma más segura de viajar ahora mismo es en cañón” dijo. Me fié de su palabra y diez minutos más tarde, estaba metido dentro del cañón, listo para ser disparado hacia Rio de Janeiro.

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