En el barco que me llevaba desde Paranagua hasta Ilha do Mel, estaba tan excitado a la idea de encontrar a mi otro yo que pedí a un brasileño de Vitória que me sacara muchas fotos de mi cara con la intención de pegarlas en los arboles de la isla. Con un poco de suerte, si algún pariente mío había pasado por la isla, alguien me llamaría.
El orientador espiritual de Curitiba me había visto en una isla, lo que limitada considerablemente el perímetro de búsqueda. En otras palabras, y que me perdonen los sabios de la Real Academia por usar a veces expresiones tan caninas, estaba chupao. Lleno de optimismo, me fui a bañar, canté saltando en la arena como una bailarina, hice unas piruetas de gimnasta y escalé un par de rocas. Pero la realidad se encargó de recordarme que no era más que un cuadrúpedo bastardo al resbalar sobre un alga que había decidido dedicar su triste vida en crecer sobre una piedra. No me hice mucho daño pero mi trufa sangraba. Un hombre con sandalias y calcetines me preguntó si estaba bien y me aconsejó que acudiera al puesto de los vigilantes de playa que me enseñó desde arriba. Le di las gracias y baje cojeando, preguntándome lo que escondía el hombre debajo de sus calcetines blancos.
No sabía que los vigilantes de playa vivían en casetas de perros. Son más grandes y más cómodas que las de los perros, hay que reconocerlo. Para que los perros no invadan sus casetas, los vigilantes las elevan sobre la arena y hay que subir escaleras para alcanzarlas. Son auténticas casetas fortalezas, desde su posición los vigilantes pueden ver el enemigo desde muy lejos y prepararse contra una invasión. Tomar una caseta de vigilante debe requerir un ejército de perros muy bien entrenados y mucha paciencia, ya que el asedio podría durar semanas.
Llegue hasta la caseta de los vigilantes patas arriba, les dije que no quería invadir a nadie, que de eso ya se encargaban los franceses. Cuando les expliqué que mi trufa sangraba y que necesitaba algún pañuelo, me dijeron que eran vigilantes de playa, no médicos, y que por lo tanto nada podían hacer por mí. Cuando ya me iba uno gritó que el mar era como el tiempo, curaba todas las heridas. Tenía razón el vigilante poeta, me fui a bañar y al salir mi trufa ya no sangraba.
Entonces vi el faro a lo lejos y tuve una idea fantástica, una de esas ideas que tiene uno a veces y que, sin tener que consultar a nadie, sabe que podría haber salido del cerebro de alguien que tiene una placa dorada en su portal. Si el orientador espiritual de Curitiba me había visto aquí, debía de haber visto también mi gorro. Puede que desde el faro vea algún gorro rojo, verde y amarillo pasear en una playa y que debajo se esconda algún pariente mío, pensé. El camino hasta el faro era más largo de lo que pensaba, es lo que pasa con las alturas, uno siempre cree poder tocar con la mano lo que luego tarda días o semanas en subir. Llegue hasta arriba la lengua fuera, tocando el suelo, lo que hizo reír una niña hasta que le enseñara los dientes y se fuera llorando. Desde el faro, si bien es cierto que se podía ver hasta muy lejos, no estaba tan seguro de que podría ver desde aquí un gorro como el mío si alguno paseaba por la playa.
A veces la vida os tiende una mano cuando menos os lo esperáis. Desde luego no pensaba que ese momento llegaría cuando estaría sentado contra un faro comiendo unos insectos. Pero llegó. Un jardinero que no había visto hasta ahora se me acercó y me preguntó por qué había vuelto. Le dije que nunca había venido por aquí antes. “Pues juraría que eras tú, a no ser que tengas un hermano gemelo” dijo. Una bombilla se encendió en mi cabeza, la profecía del orientador espiritual de Curitiba se volvía en una realidad. Le pregunté al hombre de dónde me conocía. Dijo que sólo me conocía de vista, que se acordaba de mí porque no era común ver un mono con un gorro en el ejército. “Deberías hablar con el general de la isla. Su cuartel está detrás de este monte” dijo el jardinero.
Le di las gracias y al bajar las escaleras del faro, sentí que mi corazón se aceleraba: estaba pisando las huellas de mi álter ego .