Kathmandú, vecinos del Yeti
El Yeti, el Himalaya, mojes budistas, divinidades hinduistas, casas de cuentos orientales, hippies de los setenta, hippies de los ochenta, hippies de los noventa, una diosa viviente de tan solo cinco años, monos en todas partes, alguna que otra vaca… un lugar así no puede tener más que un origen legendario: Erase una vez un inmenso lago habitado por una serpiente.
Un sabio taoísta venido de la China se detuvo allí para meditar. Tras tener un sueño revelador, plantó una flor de Loto, las aguas desaparecieron y surgió un monte sagrado, en el se construyó el Monasterio de Swayambhunath (en este monasterio se encuentra la stupa más antigua de Nepal) convirtiéndose en lugar sagrado tanto para hinduistas como para budistas. Alrededor de este monte, se encuentra el valle de Katmandú, la capital del reino de Nepal.
Ya el traslado desde el aeropuerto hasta la ciudad permite entrever como debían ser las ciudades hasta que la modernidad entró en ellas. Solo la electricidad (cuando no se corta) y los coches (bastante ruidosos y contaminantes) rompen la sensación de haber viajado en el tiempo. El nombre Katmandú proviene de “Kasta Mandap” que significa “Templo de madera”en newari.

El primer lugar a visitar es la estupa de Swayambunath, precisamente la que, según la leyenda, esta en el origen del valle y de la capital. Según cuentan tiene 25 siglos. Mil escalones esperan al incauto visitante occidental, sobre todo si se le ha ocurrido hacer caminando los tres kilómetros que la separan del centro. El turista debe subirlos casi sin aliento, rodeado de vendedores, monjes, nepaleses que acuden a rezar y, sobre todo, de monos. Estos animales están por toda la ciudad: en las escaleras de la estupa, en el templo, en las calles…
Aparte de este templo, la ciudad entera está llena de atracciones inolvidables. Yo recomendaría caminar por sus calles, deteniéndose es los numerosos lugares de culto que las jalonan, disfrutando de su ambiente….y, como no, haciendo una gran parada en Durbar Square. La más espectacular de sus plazas, en la que podemos ver a “la diosa viviente”, una niña que es elegida de una tribu especial para que haga ese papel hasta que crezca.
También podemos ver allí el templo de Hanuman, el dios mono, así como palacios de una belleza muy diferente a la que estamos acostumbrados en occidente.

En definitiva, la visita a Kathmandú no deja a nadie indiferente. Como suele pasar en Asia, o se la ama y se promete volver en cuanto sea posible o se odia el abigarramiento de sus calles
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