La alpaca sabia de Cafayate (1/2)
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La alpaca sabia de Cafayate (1/2)

En el café Van Gogh de Salta, al mirar en la portada de un periódico una foto del G20, tuve la gran idea de ir a ver a algún administrador del mundo para que me ayudara a encontrar a mi padre. Pero claro, hay tantas personas encargadas de administrar el mundo que no sabía a cuál de ellas dirigirme.

Llamé a Ugo, un amigo mío que sabe mucho de política para pedirle consejo. “Rasta, hace años que no sé nada de ti, ¿Cómo te va la vida?” “Bueno, no creo que pueda contarte todo lo que me pasó los últimos meses en dos minutos pero para resumir, encontré a mi hermano gemelo que está ahora en una cárcel chilena por estrellar un avión sobre un restaurante de Santiago y estoy buscando a mi padre que me abandonó en una caja de zapatos delante de un zoo cuando era pequeño”. “Lo lamento, es una historia trágica”. “Bueno, hay que ver el lado positivo, tuvo el detalle de ponerme un gorro jamaicano antes de abandonarme para que no me constipara” dije. Ugo no contestó enseguida y al final me preguntó donde me encontraba. “¿Estás en Salta? No me digas, ¡yo vivo cerca de aquí, en Cafayate!”. Diez minutos más tarde, estaba en medio de un desierto, con rumbo a Cafayate.

Cuando me vio mi amigo Ugo, me dio un abrazo canino y me dijo que había adelgazado desde la última vez que nos habíamos visto, el día de la inauguración de la nueva carnicería de su pueblo. Le dije que había hecho mucho deporte últimamente, que había viajado en cañón desde Ilha do Mel hasta Rio de Janeiro y que había practicado rafting en Chile.

“Mira Ugo, le dije enseñándole la foto del G20, tú que sabes mucho de política, ¿Sabes cuál de esos administradores del mundo sería el más cualificado para encontrar a un mono que come muchos plátanos?”. Ugo tiró el periódico al suelo diciendo que hoy en día el mundo no estaba administrado por políticos, sino por alpacas. “Conozco una alpaca muy sabia que te ayudará mejor que cualquier político, añadió, vive en la Quebrada de las Conchas, el desierto de rocas que atravesaste para llegar hasta aquí”. “¿Pero qué tiene de tan especial aquella alpaca? ¿Cómo me va a ayudar a encontrar a mi padre?” “No te preocupes, tiene sus métodos” contestó Ugo con una voz misteriosa.

Cogimos su coche, atravesamos de nuevo el desierto de piedras y paramos delante de una granja. Ugo habló con una niña, volvió y me dijo que la alpaca acababa de comer, que ahora vendría a hablar conmigo. Efectivamente, a los pocos minutos volvió la niña con una alpaca blanca cuya pansa estaba a punto de tocar el suelo. “En unos minutos sabrás donde está tu padre, Rasta” dijo Ugo mientras me preguntaba qué sabor tenía la carne de alpaca.

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