La alpaca sabia de Cafayate (2/2)
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La alpaca sabia de Cafayate (2/2)

La niña de Cafayate dijo que la alpaca que acababa de traer no era la alpaca con la que queríamos hablar. “¿Y dónde está la alpaca sabia?” pregunté. “Creo que está tomando el postre, dijo la niña”. Mi amigo Ugo y yo fuimos a dar un paseo y vimos la alpaca sabia, estaba terminando su almuerzo.

“Sale de la peluquería, dijo Ugo, la última vez que la vi el pelo se le caía sobre los ojos, me confundió con una barra de chocolate e intentó comerme la mano”. Me pregunté cómo una alpaca que no sabía diferenciar una barra de chocolate de un humano era capaz de decirme donde se encontraba mi padre. La alpaca terminó de masticar y nos preguntó por qué la estábamos mirando fijamente.

 “¿Es usted la alpaca sabia?” pregunté. “Depende quién pregunta” contestó con prepotencia. “Me llamo Rasta Farry”. Me preguntó qué quería, le expliqué que buscaba el  mono de Salta que debía de ser mi padre y que mi amigo Ugo, aquí presente, me había dicho que me podría ayudar. “Yo solamente encuentro a humanos, debes hablar con mi hermana” dijo la alpaca indicándonos el campo donde estaba almorzando. Le di las gracias y fui a ver a su hermana.

A pesar de mi impaciencia, esperé tranquilamente que la alpaca terminara de comer, yo soy el primero en enfadarme cuando me interrumpen comiendo una salchicha. Mientras tanto, reflexioné sobre todas las cosas que podría hacer con la lana de la alpaca, desde un nuevo gorro hasta una funda para mi libro sobre los pandos rojos. La alpaca levantó finalmente la cabeza, me sonrió como para agradecerme que no la hubiera interrumpido y me preguntó porque la miraba tanto. “Es que usted mastica muy bien, me gustaría tener tanto potencia en la mandíbula inferior”. “Pareces tonto a primera vista pero sabes mucho de masticación, me caes bien. Cuéntame a quien estás buscando”.

Cuando más avanzaba en mi largo relato, más fruncía el ceño la alpaca. “Si entiendo bien, ¿estás buscando a tu padre que te abandonó cómo un zapato viejo?” dijo finalmente. “Bueno, es una manera de ver las cosas, dije. Estoy convencido de que Papa tenía un buen motivo para abandonarme”. “Bien, vamos a empezar el ritual. Cierra los ojos”. Obedecí sin discutir pensando en las palabras de mi amigo Ugo, “tiene sus métodos”.

Sentí el soplo de la alpaca, un aliento que se parecía a espinaca mezclada con roquefort. “Lo siento, no puedo ayudarte” dijo finalmente. “¿Por qué no?” “Mi olfato es mi instrumento de trabajo. En tu caso, tu cuerpo tiene tantos olores diferentes que me confunden, es un poco cómo si me encontrara en un cruce de carreteras con miles de huellas borradas por la lluvia, no sé qué pista seguir”. “¿Y si esperamos que deje de llover?”. La alpaca me miró como si hubiera hablado en checo y me dijo que lo sentía, que nada podía hacer, que ahora me tenía que marchar, era la hora de la siesta.

Cuando Ugo vio mi cara supo enseguida que mis preguntas seguían sin respuestas. Le expliqué que por no haberme duchado las últimas cinco semanas, no iba a ser capaz de encontrar a mi padre. Me recomendó seguir lo que dictaba la lógica, le pregunté quién era esa señora. “Si vienes desde Ushuaia, lo mejor que puedas hacer es seguir subiendo hasta Bolivia”. Reflexioné sobre las palabras de Ugo y al ver el alcalde del pueblo, me pregunté adonde había veraneado para estar tan moreno.

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