“MIRANDO a un dios desconocido, a un dios sin nombre, a un dios sin forma, un dios sin principio ni final.
Pensando en un dios que es eterno, que es absoluto y es uno, que está en nosotros y fuera de nosotros, que es antes y es después de toda creación visible.
Pensando y mirando, y sintiendo, fluir en silencio la vida, dentro de nosotros, en nosotros, a través de nosotros mismos, nos acercamos al templo, nos llegamos a la quibla.
Y aquí cesamos en todo, para no sentir, no mirar, no pensar.
Ser, solamente ser"
(Antonio Enrique-1991)
Este bello poema refleja perfectamente el sentir de quien avanza paso a paso por aquel mágico templo, rodeado de coloridas columnas y dovelas, rojas y blancas, que parecen marcar un camino no señalizado dentro de un extraño laberinto de luces y sombras. Avanzando por su interior, sin bajar la vista, siempre mirando a sus arcos y a sus techos, oímos en medio del sonido del silencio, cómo nuestros pasos sobre el mármol se pierden en un itinerario sin orden ni final. Pero empecemos por la que es quizás una de las más bellas plazas que nos podamos encontrar en Córdoba, la ciudad califal que acoge esta impresionante obra de arte que es la Mezquita: el Patio de los Naranjos. Situémosnos en su centro, e intentemos aspirar su aroma de abril y mayo a azahar, a frescor, a libertad. Y envueltos en ese cálido olor, recordaremos cómo en época árabe, allí, en aquel mismo patio se realizaban las abluciones; como se impartía justicia a las puertas del templo; miraremos hacia otro de sus lados, y veremos como, ora astrónomos, matemáticos y tantos y tantos sabios que poblaron la Córdoba de aquélla época propagaban su saber entre las gentes de a pie, y ora comediantes y teatrillos entretenían con sus leyendas y sus cuentos a los niños, que, sentados se arremolinaban a su alrededor. El Patio de los Naranjos, hoy día, está considerado como el jardín vivo más antiguo de Europa, pues sus comienzos datan del año 784, bajo el mandato de Abd al-Rahman I. Si nicialmente, estos jardines estaban formados básicamente por cipreses y palmeras, hoy día son los naranjos los que lo invaden: noventa y oho naranjos que fueron plantados durante el siglo XVIII. Del siglo XVI, por el contrario, son los claustros que en uno de los lados del jardín podemos observar. El recinto de ciento treinta metros, y cerrado, se divide en tres jardines en cuyo centro hay una bella fuente. ... y una vez admirado y aspirado el agradable ambiente de este soberbio jardín, el corazón se nos encoge al poner el pie dentro del templo y observar por primera vez la impresionante Sala de las Columnas... más de 800 columnas y arcos que se distribuyen geométricamente y que se esconden a la vista allá en el fondo, en un paisaje sin final. Fue el propio Abd al-Rahman I el que comenzó su construcción, edificando su primer oratorio a mediados del siglo VIII, inspirándose en una mezquita que existía por aquel entonces en Jerusalém. El resultado fue la construcción de once naves con 110 columnas en mármol y granito, con capiteles romanos y bizantinos. Sobre ellos, arcos abovedados en colores rojos y blancos. Su descendiente, Abd al-Rahman III, ordenó erigir el alminar medio siglo más tarde, mientras que Al-Hakam II amplió la mezquita otros doce tramos más. De la posterior época de Al-Manzor es la parte en que las columnas son de mármol azul, época en que casi se dobló en tamaño la superficie de la Mezquita, hasta alcanzar los 24.000 m2 que tiene.



Viaje imaginario y un deseo de hacerlo realidad
He llegado en tren. Son las seis de la mañana. Con mi morral en mi espalda he caminado por las calles y callejuelas. Estoy en Córdoba, ciudad que había soñado conocer. Estoy frente a la mezquita. Tantas historias pasadas que se pueden contar. Lugar bello por su arquitectura, sus formas, sus arcos, sus pilares, sus mosaicos y sus colores. Este lugar que ha pasado a ser recinto de lo sagrado bien musulmán, como también cristiano y, hoy, testimonio de la historia. Hay diferentes influencias en su construcción.
Pero acerquémonos a recordar un poco esa época. Es el año 711, en estas tierras dónde antes habían vivido, amado, mezclado, trabajado, peleado y estado: romanos, fenicios, visigodos, cartagineses, vikingos, judíos, celtiberos y mucho otros pueblos. Llegan los árabes, y los beréberes para quedarse ocho siglos. La ciudad la atraviesan las aguas del río Guadalquivir. Urbe de universidades, escuelas y bibliotecas que dieron un gran desarrollo en lo cultural: artistas, filósofos, científicos poetas, literatos… ciudad crisol de pueblos, paradigma de la tolerancia y convivencias entre pueblos y religiones; donde se desarrollaron grandes intercambios con otros conceptos y filosofías, vanguardias del saber. Sin embargo, hubo, por momentos, conflictos entre las diferentes religiones y pueblos.
Montados en sus caballos los árabes y sobre todos berberiscos… pueblos del norte de África, los cuales, durante años fueron llegando y aportando con ellos toda una gran erudición que traían desde la lejana China, de Grecia, de Egipto, de Persia y de grandes civilizaciones pasadas y que contribuyeron con los conocimientos en: agricultura, arquitectura, literatura, filosofía, química, matemáticas, geometría, como también, aportaron diferentes frutas y legumbres procedentes de la India y del lejano oriente como: la naranja, limón, cebolla, mandarina, cilantro, albaricoque, y muchas otras, las cuales, se adaptaron a la península Ibérica y, años después, fueron transportadas por los conquistadores a América .
Del mismo modo: las especias, entre ellas, la pimienta traídas desde muy lejos, como también, el gusano de seda, las abejas y otros animales domésticos, la pólvora, la tinta, el papel, y la brújula invenciones chinas, éstas últimas; importantes en el desarrollo de Europa por los viajes y el aprendizajes a una vida de conocimientos, lujo y de gran exquisitez, y el desarrollo de la navegación que les permitió ir cada vez más lejos.
Algunas palabras árabes, llegaron para quedarse y enriquecer el español con nuevo léxicos: alcalde, albaricoque, albañil, alacrán, ajedrez, almohada, alcoba, ojalá, arroz, espinaca, alcohol, talco, sofá, garrafa, naranja, ajonjolí, azúcar y muchas otras más.
Los números romanos fueron perdiendo su vigencia y utilidad, ya que los musulmanes habían aportado los números árabes, que por cierto, no son árabes, sino de la India. En esa época ese cambio de números romanos a números arábigos, creó grandes polémicas, y pasaron algunos años antes de adaptarse al cambio e imponerse hasta el día de hoy. ¿Qué complicado sería hacer un número telefónico en números romanos? pero ya eso es, historia del pasado.
Averroes, Maimonides y muchos otros filósofos y científicos aportaron grandes conocimientos en la medicina y, en la filosofía. Platón, Aristóteles, y otros sabios de la antigüedad fueron traducidos del griego al árabe y más tarde al español. Córdoba fue una ciudad donde las culturas judía, cristiana y musulmana se enriquecieron mutuamente. En el cual, judíos y árabes trabajaron juntos para el saber y el conocimiento. Para el Islam, el conocimiento era el camino de encontrar a Alá, (en árabe Allah) y la mezquita con sus arabescos era la vía de llegar a él. Todos estos pensamientos y conceptos, sirvieron para el avance del mundo occidental
Los conflictos entre el Medio Oriente como centro, como lo fueron el Califato de Bagdad y el Califato de Córdoba, en la Península Ibérica cada día se hizo más agudo: la reconquista expulsó a los musulmanes y el dominio de los Reyes Católicos Fernando e Isabel tomaron el control. El descubrimiento del nuevo mundo en 1492, y la expulsión de los árabes y judíos en el mismo año, produjeron cambios en la Europa de la época.
Hoy me paseo por sus calles, mañana me pasearé por la ciudad de Granada y visitaré L’alhambra y caminaré por sus jardines; quiero pararme en el lugar donde el sultán Boabdil, llorando y triste porque tenía que abandonar la ciudad, su madre Fátima, le dijo: “Lloras como una mujer, lo que no supiste defender como un hombre”. Mientras tanto el sultán de Estambul, (Turquía) sorprendido por tanta sabiduría, e ideas modernas para la época; aportado con la llegada de tantas personas expulsadas procedentes de España, y enriqueciendo con ésta emigración al imperio: Los Otomanos.
Las calles angostas, las casas blancas, sus jardines con sus fuentes, su música, sus costumbres, sus pisos de mosaicos plenos de arabescos, y de gran colorido. Cansado de pasear, llego al hotel. Abro la puerta de la habitación e inmediatamente voy a ducharme, siento el agua fresca sobre mi cuerpo, y recuerdo la importancia del agua en hombres que una vez vivieron acá, eran los hombres del desierto. Ellos construyeron jardines plenos de flores multicolores, tanques con agua, era la representación del paraíso en la tierra. Me dirijo al comedor, pido el menú y encuentro como está presente la cultura árabe en las comidas, me apetece una sopa de gazpacho y pido un vaso con vino; luego, voy a mi cuarto, mañana tomaré el tren para irme a Granada y me quedo meditando, todo lo que el mundo Occidental debe a la cultura islámica… y me quedé dormido profundamente… cómo he disfrutado ese viaje en lo imaginario paseándome por ocho siglos de historia.
Esteban Castillo
Estebancastil26@hotmail.com