Morretes, en el estado de Paraná, es una de esas ciudades pintorescas que nos hacen preguntarnos nada más bajar del autobús: “¿Qué demonios hago yo aquí?”. Afortunadamente, yo tenía la respuesta a esa pregunta, había venido a buscar a mi hermano. Creo que he sido un poco duro en la frase anterior, voy a rectificar sin eliminar la frase, así lleno un poco de papel para darle más peso a mi relato, los funcionarios saben mejor que nadie que el mejor informe es el que más páginas tiene, por ese motivo siempre acaban los suyos por un “gracias” que ocupa una página entera.
Morretes es un remanso de paz que vive al ritmo del rio que lo atraviesa, el Nhundiaquara, un nombre para huir corriendo, es cierto, pero el río es realmente bonito, los mochileros suelen regalarse un paseo en barco para volver diciendo por ahí “¡He bajado el Nhundiaquara en barco” “¿ El qué?” “¡Olvídate, ignorante!”. Los que llevan una mochila más pequeña pueden practicar rafting también. Yo no hice ninguna de las dos cosas, la primera porque prefiero leerme la biografía de Ana Obregón antes de pasear sobre un río a un ritmo más lento que un funcionario un viernes por la tarde, la segunda porque el monitor de rafting me dijo que era demasiado flojo para esta actividad. Intenté convencerle diciéndole que me había comido muchos helados de açai y que tenía los brazos de Popeye, pero al ver que no podía levantar el remo me pidió que volviera otro día, cuando el açai haya bajado hasta los brazos.
Decidí no volver para fastidiarle. Seguí un sendero que bordeaba el río para disfrutar de las vistas y me pregunté a dónde podría estar mi hermano.
Después de comer una feijoada , me fui a la oficina de turismo para preguntar si tenían una lista de los guías de trekking que solían llevar a los turistas con sandalias y calcetines blancos por la montaña. El chico ni me escuchó, me enseñó un folleto de albergues y me intentó vender el de un amigo suyo, le dije que se guardara sus cuentos para los mochileros que siempre hacen caso a lo que dicen las oficinas de turismo. Empezó a escucharme con más atención, más le valía, no estaba para tonterías, el monitor de rafting había consumido mi dosis diaria de buen humor. Me dijo que mi hermano debía encontrarse cerca de Porto de Cima, dónde se suelen llevar los grupos de mochileros a caminar y sacar fotos. “Desde aquí tienes que ir todo recto, cruzar el río y verás las montañas de Porto de Cima”, dijo, “pero ten cuidado con el guardia del río, tiene sus días buenos y malos” añadió.
Seguí el consejo del chico, caminé todo recto y me encontré con un muro. Me quedé tonto un buen rato, mirando la pared, levanté la cabeza para ver si podía escalar pero no había manera. Decidí rodear el muro y seguir recto. Después de andar más de dos horas sobre un camino de tierra, oí los rápidos del río, sabía que estaba cerca. De repente, vi al guardia del río. Se parecía a Bambi en huelga de hambre, el pobre tenía la cara más delgada que mis brazos antes de comer açai. “Aquí no pasa nadie” dijo con mucha determinación.
Ya me sabía el truco, saqué mi falsa acreditación diplomática y le dije que tenía una reunión muy importante sobre la conservación de los ciervos de Morretes. Intentó leerme la mente a ver si mentía, un poco como había hecho el orientador espiritual de Curitiba, al final me dejó pasar diciéndome que tuviera cuidado con la corriente, que el agua subía hasta los gemelos.
A pesar de las advertencias de Bambi, estuve a punto de ahogarme cruzando el río, no había tenido en cuenta que si el agua le llegaba hasta los gemelos, yo no iba a tocar fondo ni con zancos. Me rescató un viejo castor, lo reconocí por su cola que usé como tabla de surf para llegar hasta la orilla.
Entonces llegó otra vez uno de esos momentos que siempre llegan cuando uno menos se lo espera: una coincidencia. Mientras me cepillaba las patas sobre la cola del castor, me preguntó por qué había cometido el mismo error de cruzar el río sin zancos. No necesitaba ninguna clarificación, se había encontrado con mi hermano. Me confirmó que Chango trabajaba de guía de trekking, que solía venir hasta el río con turistas que no paraban de comer y se negaban a mojarse, lo que le obligaba a reinventarse una ruta. Hasta me indicó a dónde se alojaba, una pousada en el medio del bosque, muy cerca de San Jao da Graciosa.
Me costó encontrar la pousada, a veces me arrepiento que mi hermano se parezca tanto a mí, le gusta estar lejos de los mochileros y es capaz de alojarse en un nido de águila si la situación lo requiere, lo que está bien cuando uno está solo pero no tanto cuando alguien intenta seguirle la pista.
No había nadie en la pousada, di un paseo para mirar las cabañas diciéndome que mi hermano tenía muy buen gusto alojarse aquí. Una señora se me acercó, una escoba en la mano, me escondí detrás de una mariposa pensando que me iba a pegar. No me pegó, me dijo que mi habitación ya estaba limpia, que podía entrar. Me llevó hasta una cabaña de madera con una hamaca: acababa de encontrar la casa de mi hermano.