Morretes: la revelación del encantador de serpientes
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Morretes: la revelación del encantador de serpientes

Cuando uno consigue algo que ha perseguido con empeño durante mucho tiempo, suele no creérselo. A mí no me pasó eso, creo que es una reacción estrictamente humana. La mujer de la pousada de Morretes con una escoba en la mano me dijo que Luis aún no había llegado. No dije nada, seguí haciéndome pasar por mi hermano porque me moría por probar la hamaca. Une vez acomodado en la hamaca, no sin dificultades, me pregunté quién demonio era ese Luis del que me hablaba la señora, hasta que mis ronquidos pusieran un punto final a esta profunda reflexión. Me despertó la señora, había sustituido su escoba por una bandeja de comida que dejó en una mesa. Me levanté como un solo hombre para devorarlo todo aunque me paré unos instantes para admirar este arco iris culinario.

Me dio pena pensar que la señora debía de haber tardado una hora en preparar lo que me estaba zampando en dos minutos, pero la pena se me fue rápidamente al tragarlo todo como un glotón, es su trabajo, que le guste o no, seguro que prefiere prepararle el desayuno a  un glotón que a un Bambi  anoréxico como el guardia del río Nhundiaquara que se conformaría con oler el queso y sacar una foto de la bandeja. “Menudo pringao” dirían mis amigos perros que suelen protestar ante la sede de la Real Academia.

La señora volvió poco después con una gran sonrisa, me dijo que no había perdido nada de mi apetito y que se preguntaba a dónde escondía toda esta comida con el pequeño cuerpo que tenía. Se fue con la bandeja vacía diciéndome que terminaba de trabajar a las cinco y que se echaría una siesta en su cabaña, por si me interesaba descansar con ella un ratito. Por mucho que intentaba leer entre las líneas, no conseguí entender porque me invitaba la señora si tenía mi propia cabaña para descansar. Pedí consejo al portero de mi cabaña, un perro negro con pintalabios blanco, pero no me hizo caso.

Entonces llegó un todo terreno en la pousada, aparcó delante de la casa principal. Salió un hombre alto y fuerte, “seguro que le echa mucho açai en el agua del baño” pensé. En cuanto me vio, me preguntó quién era. Estaba desarmado, no se dejó confundir. Le dije la verdad, que era el hermano gemelo de Chango Farry y que me llamaba Rasta. No resistí a la tentación de preguntarle como sabía que no era mi hermano. “La verdad es que sois como dos gotas de agua, pero tú hueles fatal, dijo, peor que un mochilero”. La segunda parte de la frase me dolió pero uno a veces tiene que tragarse su rancor para llegar a sus fines. “Dúchate y vuelve, te hablaré de tu hermano”.

Tenía tanta prisa por saber de mi hermano que hice un truco de mochilero, me moje el pelo y me vacié la botella de colonia que tenía sobre el cuerpo, pero no conseguí engañar a Luis y tuve que ducharme de verdad. Luego me ofreció una cerveza y me preguntó si hablaba portugués. “Es muy fácil, dijo, es muy parecido al castellano, solamente tienes que cambiar la frecuencia de la radio y lo entenderás todo”. Le dije que el problema no era la frecuencia sino el transistor, me dijo que era tonto y me callé. Cuando se dio cuenta de que no paraba de mirar una piezas de cuero que llevaba alrededor de las piernas, me dijo que iba a acompañar un grupo en la jungla, que había que tener cuidado con las serpientes y que esas piezas de cuero evitaban tener “disgustos”.

“Ahora, hablemos de tu hermano” dijo. “Chango estuvo trabajando aquí una semana, debo decir que tenemos un muy buen recuerdo de él. Nos hacía mucho reír, especialmente a mi hermana. Aunque a nuestra cabra no le hacía mucha gracia, no paraba de bromear diciendo que algún día le comería el lomo”. Paró un rato para reírse, antes de continuar “En fin, antes de que se fuera le hicimos una fiesta de despedida, nos disfrazamos para la ocasión. Aquí tienes la foto que hicimos el última día” dijo Luis enseñándome una foto. “Como ves, hasta el final hizo reír a mi hermana y asustó la cabra”. Se volvió a reir.

Me quedé mirando la foto media hora, intentando adivinar en qué se habían disfrazado Luis y su familia, al final decidí olvidarme del disfraz para hacerle la pregunta más importante. “¿Entonces ya no está aquí mi hermano?” “No, amigo, lo siento, a la mujer de la limpieza se le va la cabeza a veces, ni recordaba que Chango se había ido”. “¿Pero dónde está ahora?”. “No lo sé con certeza, pero apostaría por las cataratas de Iguazú”. “¿Qué le hace pensar eso?” pregunté. “Un día estábamos todos sentados en el sofá viendo un documental sobre las cataratas. De repente se levantó y dijo que se marchaba”. “¿Pero qué hay que ver allí aparte del agua cayendo?”. “Esto es mucho más que agua cayendo, gordito, dijo Luis, es una maravilla de la naturaleza”. “Bueno, si usted lo dice, creo que debería ir”. “Claro que tienes que ir. Y si ves a tu hermano, dile que me devuelva mis protecciones anti-serpientes, se las llevó puestas”. “¡Vete al infierno!” grité una vez fuera de la pousada, un grito que me salió del alma después de haber aguantado sus humillaciones para conseguir la información que quería.

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