Después de que el revisor del tren de lectura de Curitiba me llamara payaso, estuve tres días encerrado en mi cuarto. Mi orgullo sangraba más que el delantal de un carnicero. A nadie le gusta que le llamen payaso, pero el hombre lo había dicho con tanta convicción que casi llegué a pensar que mis padres eran payasos. Hasta me arrepentí no haber llevado conmigo el payaso que contaba chistes sin final, quizás me hubiera dado alguna pista.
Dediqué aquellos tres días en pensar cómo usar mejor mi olfato para que no me llevara siempre a una carnicería y sobre todo en cómo orientar mejor mi búsqueda. Hasta ahora, me había dejado llevar por intuiciones y la investigación estaba totalmente paralizada. Necesitaba avanzar. ¿Pero cómo?
Por la tarde, me fui al parque para buscar a mi otro yo. Sentía que lo iba perdiendo y eso no podía ser, nunca iba a encontrar a mi familia si incluso mi propia sombra se me escapaba. Leí en la guía que había robado a un mochilero despistado que Curitiba era la tercera ciudad más inteligente del mundo . Lo decían personas aún más cultas que las de la Real Academia. Me pregunté de dónde habían sacado ese dato porque aún no había visto ningún monje en levitación en las calles de Curitiba. Leí hasta el final, algo recomendado a veces para evitar malentendidos, y me enteré que esta clasificación no se basaba en el número de personas flotando en el aire, sino en otros factores culturales, medioambientales y urbanísticos. Por ejemplo, todo está hecho para que puedan convivir coches y ciclistas . Levanté la cabeza, fruncí el ceño y me pregunté qué esperaba la UNESCO para crear un patrimonio mundial de la inteligencia. Di dos vueltas al tema, tres al parque y me bebí un caldo de cana.
En uno de los árboles del parque, vi un anuncio “orientación espiritual”. No creo en los videntes, pero “orientación espiritual”, ya es otra cosa. No solamente dicen a dónde irá uno, pero además explican cómo ir hasta allí. Me pareció un anuncio tan serio que llamé y me dieron cita para la hora siguiente. “¡Qué servicio rápido!” pensé. Por fin, mi olfato empezaba a oler cosas buenas que no se comían.
Encontré la dirección gracias a la placa dorada que estaba en la pared, una de esas placas reservadas para la élite, dónde ponía: “Gran Maestro de orientación espiritual”. Definitivamente, iba a llamar a la puerta correcta, estaba a punto de encontrarme con el más inteligente de los inteligentes en la ciudad más inteligente de Brasil. Me abrió él directamente, me dijo que su equipo de secretarios libraba hoy. Se disculpó por el polvo que estaba en todas partes, las cuatro mujeres que suelen venir dos veces al día se habían puesto malas al mismo tiempo. Incluso a los más inteligentes les pasan desgracias, pensé.
Me invitó a entrar en su despacho. Estaba prácticamente vacío, sin sillas ni mesa. Se disculpó diciendo que se estaba mudando, que se iba a instalar en el centro, en una oficina más grande en la mejor zona de la ciudad, le encantaba su modesto despacho pero en fin, la demanda era la que mandaba. Nos sentamos en un viejo mueble que estaba contra la pared y me invitó a contar lo que me había traído por aquí.
Le expliqué por qué había venido hasta Brasil y le pregunté si podía ayudarme. Me dijo que iba a concentrarse y que no me preocupara si cambiaba de aspecto. Se puso a pronunciar palabras incomprensibles, sus piernas se alargaron, sus ojos se volvieron completamente blancos, hasta llegué a pensar que se iba a caer. Se quedó así un buen rato, yo mirándole y diciéndome que ese hombre no era normal.
Al final despertó, me miró fijamente y dijo todo solemne: “Acabo de verte”. “Claro” es la única respuesta que me vino a la cabeza, no tenía otra en ese momento. “Acabo de verte en Ilha do Mel. Tienes que ir allí”. Le pedí que me contara como sabía eso, me contestó que la orientación espiritual era como la magia, que no se explicaba, que sólo tenía que viajar hasta allí. Parecía tan seguro que le hice caso. Me cobró un importe en mi tarjeta que me parecía anormalmente elevado, me explicó que en el recibo no se veía la coma de los decimales. Le di las gracias y cogí un barco para Ilha do Mel en busca de mi otro yo.