Bordeamos la Costa del Azahar a través de la A-7 buscando el camino que nos lleve a una ciudad histórica: Peñíscola. También nos valdría la N-340, esa larguísima carretera nacional que bordea todo el mediterráneo hasta adentrarse en la provincia de Cádiz (ver hoteles en Cádiz), en el mismo sur de España.
Es el aire del Mediterráneo, a un lado, o el de los extensos campos repletos de naranjas y limones, los que perfuman nuestro viaje. Un aroma dulce, agradable; el de una tierra fresca y al mismo tiempo acogedora. Son pueblos marineros, de casas blancas, de gastronomía pescadera y exquisita; son tierras verdes, famosas en el mundo entero... las Naranjas de Valencia... cómo no sentirlas ni olerlas... playas de arenas cálidas; un sol ardiente que nos acompaña kilómetro a kilómetro... Será capricho de la tierra, o quizás nuestro cuerpo que se contagia de la alegría mediterránea... deseamos detenernos, refrescarnos, saborear muchas de las exquisiteces de la tierra: la paella, el pescado...
Pero segumos buscando Peñíscola. Dejamos atrás Benicarló, y aquel ambiente turístico y festivo; aquella intensa alegría de sus blancos y verdes, de su frescor y su dulzura se transforma a la vista de este pueblo histórico. Es como una aparición, pues de repente nos encontramos ante una ciudad medieval, una imagen de colores marrones y nostálgicos que asoma tras una lengua de tierra (la única por la que podemos acceder a este pueblo castellonense) y poco a poco, la figura de su famoso castillo, el Castillo del papa Luna, se va haciendo más grande, mientras acertamos a definir a sus pies a un pueblo tranquilo y recogido a sus pies, sobre las laderas del monte sobre el cual se eleva la fortaleza inexpugnable.
No en vano aquella tierra fue elegida por Pedro de Luna, en el año 1412, después de nombrarse Papa, para refugiarse de quienes le perseguían.




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5 Comentarios al Artículo: Peñiscola, historia entre sus muros