Peñiscola, historia entre sus muros

Por Javier Gómez | 01/12/2007 5 comentarios

Bordeamos la Costa del Azahar a través de la A-7 buscando el camino que nos lleve a una ciudad histórica: Peñíscola. También nos valdría la N-340, esa larguísima carretera nacional que bordea todo el mediterráneo hasta adentrarse en la provincia de Cádiz (ver hoteles en Cádiz), en el mismo sur de España.

Peñiscola

Es el aire del Mediterráneo, a un lado, o el de los extensos campos repletos de naranjas y limones, los que perfuman nuestro viaje. Un aroma dulce, agradable; el de una tierra fresca y al mismo tiempo acogedora. Son pueblos marineros, de casas blancas, de gastronomía pescadera y exquisita; son tierras verdes, famosas en el mundo entero… las Naranjas de Valencia… cómo no sentirlas ni olerlas… playas de arenas cálidas; un sol ardiente que nos acompaña kilómetro a kilómetro… Será capricho de la tierra, o quizás nuestro cuerpo que se contagia de la alegría mediterránea… deseamos detenernos, refrescarnos, saborear muchas de las exquisiteces de la tierra: la paella, el pescado…

Pero segumos buscando Peñíscola. Dejamos atrás Benicarló, y aquel ambiente turístico y festivo; aquella intensa alegría de sus blancos y verdes, de su frescor y su dulzura se transforma a la vista de este pueblo histórico. Es como una aparición, pues de repente nos encontramos ante una ciudad medieval, una imagen de colores marrones y nostálgicos que asoma tras una lengua de tierra (la única por la que podemos acceder a este pueblo castellonense) y poco a poco, la figura de su famoso castillo, el Castillo del papa Luna, se va haciendo más grande, mientras acertamos a definir a sus pies a un pueblo tranquilo y recogido a sus pies, sobre las laderas del monte sobre el cual se eleva la fortaleza inexpugnable.

No en vano aquella tierra fue elegida por Pedro de Luna, en el año 1412, después de nombrarse Papa, para refugiarse de quienes le perseguían.

Peñiscola

Nos reciben sus murallas perfectamente alineadas. Soberbias. Tras de ella, un enjambre de callejuelas empedradas en lo que es un mapa desconocido a primera vista, pero que en última instancia, siempre, nos conducen al castillo. Y desde allí, desde el fantástico castillo las vistas son impresionantes. Dignas de un rey (o en este caso, un Papa) porque a sus pies no sólo se extiende el pueblo, sino toda la bahía. Desde aquella altura podemos admirar las terrazas de las casas, mientras a lo lejos incluso, siguiendo la línea costera, acertamos a admirar los pueblos cercanos, como Oropesa, donde en su día estuvo el Cid Campeador.

Pero un consejo, intentad ver el atardecer desde allí; ver con tranquilidad y sosiego, como ante vuestros ojos se va desplegando el precioso dibujo de las luces de Peñíscola, y de las que iluminan la costa del Azahar, de la que Peñíscola es el núcleo principal. Disfrutad del cambio de colores de su nítido cielo. Cerrad los ojos… y respirad.

Eso es Peñíscola.



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