Primera crisis nerviosa en Petrópolis
0 votos

Primera crisis nerviosa en Petrópolis

Ya que el dedo de Dios de Teresópolis no me dijo nada sobre mi familia, decidí probar suerte en Belo Horizonte. Me baje en Petrópolis para comprar un billete y sorpresa: me encontré con la taquilla cerrada. El vendedor de la compañía de al lado me dijo que a estas horas solamente podía comprar el billete en Internet. Volé hasta el cibercafé, me metí en la página de la compañía pero resultó imposible comprar el billete porque me pedían que introdujera mi número de CPF, el equivalente al DNI. Interrumpí al joven del cibercafé que estaba jugando a la Playstation, le conté mi problema y le pedí que se pusiera él como comprador y yo como pasajero. Justo cuando se acercó el chico, hubo un problema de conexión y no podía entrar más en la página.

Salí del cibercafé con mi mochila en la espalda y las trenzas tapándome la vista. Un empleado de la estación debió ver mi cara de empanado porque me llamó y me preguntó qué me pasaba. El hombre mostró compasión, me dijo que intentara comprar el billete directamente al conductor cuando llegara el autobús. Se acercó una señora, que al parecer era jefa de algo, y me dijo que no iba a poder subirme al autobús sin billete. La única solución que me dieron fue esperar a la mañana siguiente para coger el bus de las 11h 45. Ni hablar.

Volví al cibercafé, el joven estaba a punto de cerrar pero me reconoció y dejó que entrara para probar une última vez. Entonces se produjo el milagro: pude entrar en la página de la compañía, comprar e imprimir el billete. Tuve ganas de besar al niño pero pensé que no le gustaría que le lamiera la cara.

Por fin estaba todo solucionado. Eso pensaba…

Feliz de la vida, diciéndome “Rasta ¡Eres el animal bastardo más listo del universo!”, fui a ver a mi amigo de Información y le dije que estaba todo solucionado, que tenía mi billete, le enseñé con orgullo el papel que acababa de imprimir. El hombre lo miró bien, me volvió a mirar con cara de compasión y me dijo que ese papel no era el billete, sino una confirmación de compra, pero que el billete se tenía que retirar en la taquilla.

En ese momento estuve a punto de quitarme el gorro y gritarle a la cara “¿Cómo demonios quieres que retire el billete si sabes perfectamente que la taquilla está cerrada?”. Para no llegar a ese extremo, salí fuera para tranquilizarme y me desahogué con unas tejas que guardaban en una esquina. Partí un montón de tejas con una sola mano, una vieja técnica que me enseñó un maestro que algún día os presentaré.

Volví algo más sereno y el hombre me enseñó la letra pequeña abajo del documento que acababa de imprimir, la que no lee nadie, que estipulaba que “el viajero tiene que tener físicamente su billete para poder subirse al autobús”. En otro momento, probablemente le hubiera agradecido aquella introducción a la normativa que regula el transporte en autobús en Brasil, pero no estaba para tomar apuntes.

Entonces llegó la hora de abuso razonable de poder…

Saqué la falsa acreditación diplomática que me hizo un amigo antes de viajar, la enseñé al hombre y saqué de mi gorro un cuento que se tragó hasta la última palabra. Me puse firme, le dije que tenía une reunión muy importante el día siguiente en Belo Horizonte que no me podía perder bajo ningún concepto (elevando la voz como es debido al decir “bajo ningún concepto”) y que, por lo tanto, necesitaba subirme a ese autobús sí o sí. El hombre se quedó un rato mirando el documento y me dijo que miraría a ver lo que se puede hacer. No estaba muy optimista pero más no podía hacer. Me comí una bola frita rellena de atún y me fumé un cigarro.

Al cabo de unos minutos me llamó el hombre. Estaba con él la jefa que había visto antes. Me dijeron que al final iban a poder emitir mi billete. No pregunté nada, simplemente seguí al hombre hasta la taquilla abierta de otra compañía, la que me había enviado al cibercafé. El hombre habló un rato con el empleado, me sonrió y me dijo que ya estaba arreglado, que ese hombre era su amigo.

La escena final en la taquilla de la otra compañía era de película. Estaba con mi mochila enorme en la espalda rodeado del hombre de Información, su jefa, dos empleados de la otra compañía, otro detrás imprimiendo mi billete, hasta el joven del cibercafé se acercó para saber el desenlace. Me dieron mi billete, el billete de verdad, agradecí a todo el mundo, especialmente al hombre de Información que me pidió al final que le trajera una española.

Deja tu comentario

  • (No será publicado)

XHTML: You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

2 Comentarios

  1. Angi dijo...
    ¡¡Qué barbaridad Rasta!!
    Estoy siguiendo tu vuelta al mundo y qué complicado puede ponerse a veces las cosas, espero saber tu siguiente día!