Primeros pasos en Bolivia: Tupiza, tierra de vaqueros
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Primeros pasos en Bolivia: Tupiza, tierra de vaqueros

Después de cruzar la frontera entre Argentina y Bolivia, la primera cosa que hice fue investigar porque Bolivia era el único país suramericano sin costa junto con Paraguay. Algo muy malo tenían que haber hecho los bolivianos y los paraguayos para recibir tal castigo, a no ser que no supieran nadar y hubieran intercambiado mar por montañas.

Bolivia debe tener un secreto bien guardado, quizás alguna planta medicinal, el San Grial o una alpaca muy sabia, ya que a lo largo de la historia españoles, brasileños y peruanos intentaron comerse una porción de tarta boliviana. Los chilenos, que al parecer pensaban que su país no estaba bastante estirado, insistieron también para guardar el desierto de Atacama rico en piedra, arena y cobre, dejando Bolivia sin acceso al mar.

Me fui a Tupiza y caminé pensando en cómo reaccionaría si gatos y conejillos de India invadieran mi caseta en Europa e intentaran condenar la puerta de atrás que da acceso al charco de agua donde solía ir a beber. Creo que estaría de mal humor, así debieron sentirse los bolivianos. Me pareció tan injusto que decidí hacer de los bolivianos mis mejores amigos y darles todo mi cariño.

Después de esta profunda reflexión, me di cuenta de que estaba caminando en un entorno extraordinario, parecía un desierto de película, donde se suelen ver vaqueros a caballo perseguir a un malo que acaba de atracar un banco. De hecho estaba mentalmente preparado para encontrarme con Lucky Luke en cualquier momento. No sé si existe un señor que lo ha creado todo en este mundo, pero hay señales que no engañan: tres segundos después de pensar en Lucky Luke, reconocí a lo lejos su famoso caballo, Jolly Jumper.

“¿Qué pasa Lucas afortunado?” le pregunté. “No soy Lucky Luke, soy guía, llevo a los turistas hasta la puerta del diablo a caballo” dijo. Fijándome bien, el caballo no se parecía tanto a Jolly Jumper, le faltaba el flequillo rubio. Me preguntó por qué caminaba solo, me dijo que tenía que haber contratado una excursión a caballo, que era lo que hacía todo el mundo aquí. “Es que no soy un turista, tengo una misión” dije. “¿Eres agente secreto?” “Qué va, sólo soy un mono bastardo, busco a mi padre”. “No he visto a ningún mono por aquí, pero deberías subir hasta esta roca, dijo alargando el brazo, disfrutarás de una vista panorámica”. Di las gracias al guía, intercambié un par de ladridos con su caballo y escalé la roca.

No vi nada a lo lejos excepto rocas y arena. Volví al albergue, al pasar delante de la estación de autobuses escuché a varias mujeres gritar “Potosí”, parecía un grito de desesperación. Les pregunté por qué gritaban como si estuvieran agonizando, me dijeron que era la mejor manera de vender billetes de autobús. Entonces recordé mi promesa: los bolivianos eran todos mis amigos. Para contentarla, compré un billete para Potosí aunque no tenía ni puñetera idea de donde estaba y de lo que había allí.

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