Sacando a mi hermano de una cárcel chilena (3/4)
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Sacando a mi hermano de una cárcel chilena (3/4)

“Gracias hermano” me dijo Chango saliendo de la cárcel con una caja negra. “¿Qué llevas en esa caja?” pregunté. “Nada importante, mis efectos personales, un gorro de recambio y un libro sobre los pandas rojos” dijo. “¿Te gustan los pandas rojos?” “Si, es mi animal favorito.” “¡A mí también!”

Entramos en un restaurante, pedimos un pastel de choclo exquisito y hablamos de cosas que suelen hablar dos hermanos que no se conocieron nunca. Hablamos tres horas de los pandas rojos, de los perros rebeldes que exigen a la Real Academia que se introduzcan palabras caninas en los diccionarios y, para terminar, de las dentaduras de los lobos marinos de Ushuaia. “En Ushuaia fue donde perdí tu rastro, dije, después de enterarme que te habías ido con la mujer de un cocinero del parque nacional Tierra de Fuego”. “¿Quién te lo dijo?” “El cocinero que me clavó dos cuchillos en mis trenzas. Tuve que cortármelas para salvarme”. “Lo siento, ha debido ser muy duro deshacerte de ellas”. “Si, pero lo más importante es que estemos juntos”. Después de comer, alquilamos una habitación doble y sacamos muchas fotos para celebrar la calidad del pastel de choclo.

“¿Sabes algo de nuestras raíces? ¿Conociste a nuestros padres?” pregunté a Chango mientras se cepillaba las garras. “Pues no, crecí solo en una jaula” dijo. “¿Naciste en la cárcel?” “No, en un zoo”. “¿Por qué no tengo los mismos recuerdos?” “Según lo que me explicó el cuidador del zoo, cuando nacimos yo era fuerte y tú muy débil. Decían que nunca sobrevivirías en un zoo. Entonces decidieron mandarte a un monasterio”. “Del que me echaron por utilizar demasiadas expresiones caninas” dije. “Lo siento, no lo sabía, se lamentó Chango. ¿Qué edad tenías?” “No lo sé pero recuerdo que ya podía ladrar.”

Decidimos ir a caminar y perdernos en las calles de Santiago para que baje un poco el pastel de choclo. “Lo único que sé es que nuestro padre era un mono” dijo Chango. “¿Estás seguro? Ahora entiendo porque me confunden a menudo con un mono” dije. “Pero no sé nada de Mama. El cuidador dice que una mañana vio a Papa dejar une caja de zapatos delante de la puerta del zoo y que se fue tranquilamente comiéndose un plátano”. “¿Y qué había en la caja? ¿Zapatos?” “No, Rasta. Estábamos nosotros”.

Cuando mi hermano me dijo que me habían encontrado de pequeño en una caja de zapatos delante de un zoo, sentí la necesidad de comerme una salchicha. Hablamos una hora de salchichas, a mi hermano le gustan más las rosas con cartílago dentro. Yo prefiero el picante, me encantan las naranjas bien hechas. Al salir de la carnicería, vimos a un hombre tumbado en el suelo suplicando a otros dos hombres que no le aplastaran con una cruz. “No puede ser, es mi amigo Jesús” dije.

 

“¿Conoces a ese hombre?” me preguntó mi hermano. “Si, hablé con él ayer antes de sacarte de la cárcel. Ya le estaban obligando a llevar su cruz, no sé lo que habrá hecho para que le traten así”. “Si es tu amigo, no podemos dejar pasar esto”. Mi hermano se levantó, se quitó el gorro, empezó a gruñir y salió ladrando. “Madre mía, me parece que voy a morder gemelos hoy” pensé antes de salir yo también ladrando hacia los hombres que estaban maltratando a Jesús.

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