Sacando a mi hermano de una cárcel chilena (4/4)
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Sacando a mi hermano de una cárcel chilena (4/4)

Los hombres que estaban maltratando a Jesús huyeron cuando nos vieron llegar ladrando a mí y a mi hermano. Jesús nos dio las gracias, se levantó y nos miró a los dos. “No sé si es el calor o el cansancio por llevar esa cruz que pesa tanto, pero veo doble” dijo. “Tranquilo amigo, dije, hoy estoy con mi hermano gemelo”. Jesús se tranquilizó un poco y me dijo: “Es la segunda vez que me salvas, no sé lo que haría sin ti.” “Supongo que intentarías arrastrar tu cruz”.

Mi hermano vio uno de los dos hombres y se echó a correr ladrando. Por mucho que le llamaba, no me hacía caso, parecía decidido a acabar con ellos. Entonces recordé las palabras del director de la cárcel antes de que soltara a mi hermano. “Te advierto: es caninamente peligroso” había dicho. Ya que me encontraba solo, pregunté a Jesús si tenía que hacer algo, me dijo que no. Me llevó hasta el Palacio de la Moneda.

 

Jesús y yo hablamos de cosas muy serias, es un hombre sabio. Dijo que los hombres estaban ciegos, le dije que los pandas rojos tenían un olfato muy bueno. De repente, apareció mi hermano, me tiró de la pata y gritó “¡Corre Rasta, viene la policía!” “¡Pero si yo no he hecho nada!” protesté. “Pero sois gemelos” dijo Jesús.

Jesús tenía razón, vi que los policías corrían hacia mí. Ladré de miedo y empecé a correr. Seguí a mi hermano, nos llevó hasta una basura y me ordenó que me tirara dentro. Detrás, los policías estaban gritando algo, parecían muy enfadados.” A ver que habrá hecho mi hermano” pensé. “Lástima que no nos hayamos escondido en la basura de la carnicería” dijo. Tenía razón.

Después de una hora, salimos de la basura, la calle parecía desierta. “¿Qué has hecho?” pregunté a mi hermano. “Nada, estaba corriendo detrás de los hombres que maltrataban a Jesús. Se metieron en un mercado con muchas piernas para despistarme y me equivoqué de gemelo. Mordí a un policía.” “¿Mordiste el gemelo de un policía?” pregunté escandalizado. “Ha sido sin querer”. “Debemos confesar el crimen” dije. “Rasta, lo último que quiero es volver a la cárcel”. “¿Entonces qué hacemos?”. Mi hermano miró hacia la plaza. “Cállate, nos están espiando” dijo. “¿Donde?” “El hombre con el cártel. Debe ser un agente secreto, nos estará buscando”. Miré hacia la plaza y efectivamente, vi a un agente secreto que llevaba un cartel turístico para pasar desapercibido.

“Tenemos que separarnos” dijo mi hermano. “¿Separarnos? Pero te acabo de encontrar” dije. “Escucha. Tengo un plan infalible para salir de Santiago. Sólo tienes que fiarte de mí”. Parecía tan convencido que me quitó las ganas de comerme otra salchicha. “Nos vemos en una hora delante del restaurante con salchichas de plástico. Allí está nuestra puerta de salida” dijo y se fue.

Caminé una hora solo asegurándome que el agente secreto no me estaba siguiendo. La verdad es que ahora que lo pienso, no se parecía mucho a un agente secreto pero así son los agentes secretos, saben engañar con las apariencias. Son muy astutos, tanto como los pandas rojos. Me pregunté entonces lo que quería decir mi hermano. Por mucho que pensaba en las puertas de salida del restaurante con salchichas de plástico, que yo supiera eran puertas como cualquieras. Llegué al lugar indicado y escuché un ruido enorme. Un avión se acababa de estrellar sobre el restaurante.

En unos minutos, los policías rodearon el avión y ordenaron al piloto que salga las manos levantadas. La puerta del avión se abrió y vi a mi hermano, las patas levantadas y tosiendo, asfixiado por el humo que salía del cockpit. Le esposaron y le dijeron que esto le iba a costar muy caro. Tenían razón, reparar un avión debe costar mucho dinero.

El día siguiente estaba de nuevo en la cárcel, visitando a mi hermano. “¿Por qué no me esperaste ayer?” pregunté. “Llevabas una hora de retraso” dijo. “No es verdad, llegué a la hora que me dijiste”. “Bueno, puede ser”. Se calló un rato y añadió: “Rasta, debes hacer tu vida. Mi abogado dice que me van a condenar al menos dos años”. “¿Por robar un avión y estrellarte sobre un restaurante? Me parece injusto” dije. “Sigue viajando, Rasta, el mundo es como un libro sobre los pandas rojos. Uno aprende en cada página”.

Ladré de emoción, el guardia entró y me echó de la celda. “¿Hay algo que puedo hacer por ti?” pregunté antes de salir. Mi hermano me miró y dijo: “Encuentra a Papa”.

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