Partidarias del buen vivir, las denominadas ciudades Slow tienen como premisa adueñarnos del tiempo para disfrutarlo de un modo inteligente. El movimiento de Slow Cities (Cittaslow) se organiza para certificar aquellas ciudades donde la obligación es comer bien, dedicarnos al placer, el cuidado del medioambiente, el patrimonio y sobre todo la filosofía de disfrutar la vida en todo momento, y optimizando nuestro tiempo.
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Una ciudad Slow no puede tener más de 50 mil habitantes, y especialmente, cumplir con los requisitos para recibir la certificación que regula ciertos parámetros, capaces de aportar y mucho para un estándar de vida relajado: desde la prohibición de señales publicitarias abusivas, hasta medidas para promover el mínimo tráfico, ruidos y contaminación.
En Reino Unido, por ejemplo, cuentan con un sitio dedicado a éste tipo de ciudades, apenas un puñado de pueblos distribuidos entre Escocia, Irlanda y por supuesto, Inglaterra. El movimiento nace en cuatro ciudades italianas: Bra, Greve in Chianti, Positano y Orvieto, bajo una idea de Carlo Petrini, el fundador de Slow Food.
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La idea de Slow Food se extiende por todo el mundo, sumando unas 70 ciudades en Italia, y sobre todo, muchas aspirantes a obtener la certificación. El emblema y logo del movimiento es un caracol, La idea, aplicada a la gastronomía, se extiende al movimiento slow, una corriente que propone dar prioridad a actividades que encuentren un equilibrio en donde la tecnología está aplicada al ahorro de tiempo, mientras que las actividades más importantes de la vida, no deben acelerarse.
Desde la óptica turística, un destino o ciudad Slow propone adentrarnos en una ciudad de ambiente tranquilo donde no encontraremos contratiempos para disfrutar. La idea, no es ni más ni menos que encontrar lo que la mayoría buscan en sus vacaciones, pero está vez de un modo garantizado.
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