No sé por qué pero siempre pensé que tenía sangre brasileña, así que compré el primer vuelo para Brasil: Rio de Janeiro. Una vez en el avión, me di cuenta de que Brasil era un país grande y que no sabía por dónde empezar mi búsqueda. Entonces robé la guía de viaje de un mochilero que estaba contando a unas chicas todo lo que había visto y descubrí que en Teresópolis se encontraba el dedo de Dios. Lo tenía claro: era una señal, tenía que ir allí.
Una vez en Teresópolis, paré en el primer hotel que vi y pregunté al recepcionista que acababa de despertar si tenían dormitorios. No sé si enseñé los dientes sin querer, pero empezó a ponerse nervioso y a mirar alrededor como si buscara un arma para defenderse. “50 reales la habitación” dijo. Ya que hablo portugués igual de bien que los franceses hablan inglés, intenté articular y le volví a preguntar si tenían dormitorios. “50 reales con wifi y desayuno” dijo. Acepté diciéndome que tenía que aprender algo de portugués.
Necesitaba llenarme de paz, así que me fui al lago Comary, en una zona residencial con jardines perfectamente cuidados. Como dicen esas personas de la Real Academia, es un remanso de paz. Los únicos ruidos que se escuchan aquí son los gritos de los niños jugando al fútbol a lo lejos y, de vez en cuando, un cortacésped. Junto al lago, vi unas letras blancas – CBF – grabadas en el césped. Hablé con un brasileño que no tenía otra cosa que hacer que escucharme y le pregunté si la policía había encontrado a los delincuentes que habían pintado esos grafitis. Me explicó que esas letras las habían pintado los empleados del ayuntamiento y que significaban Confederaçao Brasileira de Futebol. Estaba sin saberlo ante el centro de formación nacional de fútbol.
Ya que el futbol me importa menos que el ciclo de vida de los girasoles, me fui en medio de su monologo y me di cuenta que estaba en un lugar precioso. La ciudad se encuentra en un valle rodeado de montañas, a las puertas del Parque Nacional da Serra dos Orgaos, un lugar idóneo para los amantes de trekking, bicicleta de montaña y escalada.
Me sorprendió lo bonita que era la oficina de turismo, una casa de madera como esos chalets de montaña que se ven en las películas de Navidad, cuando la mujer y los niños se calientan ante la chimenea mientras el marido se congela fuera intentado arrancar el coche.
Mapa en mano, caminé hacia el mirador Vista Soberba a la salida de la ciudad y cuando empezaba a pensar que había tomado una calle equivocada, me encontré en frente del dedo de Dios, una montaña afilada con una forma muy peculiar que se parece a muchas cosas menos a un dedo, menos todavía al del Señor, aunque la verdad es que nunca me fijé en sus manos.
Le pregunté al dedo si me conocía de algo, si sabía algo de mi familia, de mis padres, le pedí que por favor me diera alguna pista sobre mis raíces. La única respuesta que recibí fue “¿Quieres que te saque una foto?” pero eso no me lo dijo el dedo, sino una señora que acababa de llegar.
Después de sentarme en el césped y contemplar el valle que desaparecía a lo lejos bajo la niebla, volví diciéndome que el Señor tenía mucho mérito por haber hecho todo lo que había hecho con esos dedos.


