Trabajar en una bodega en Mendoza (1/2)
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Trabajar en una bodega en Mendoza (1/2)

Mientras estaba comiendo un pancho en la Plaza Independencia de Mendoza, me di cuenta de que mucha gente estaba bebiendo vino tinto en las terrazas. Abrí mi guía de viajes y leí que aquí se hacía vino. No llegue a leer mucho más, la salsa de tomate de mi pancho cayó en medio de la página y al cerrar la guía no era capaz volver a abrirla. “Debe ser una señal, debo seguir la corriente” pensé antes de tirar la guía sobre un mochilero que estaba intentando abrir una lata de atún con los dientes.

Después de una investigación exhaustiva, cogí un autobús en Calle Rioja con destino a Maipú.Cuarenta minutos más tarde, baje delante de una tienda de alquiler de bicicletas, una señora se acercó con un zumo de naranja y dijo “Bienvenido a la ruta del vino”.

Me dio un mapa, me enseñó el recorrido y dijo “¡Ahora sólo te queda disfrutar! Bueno, cuando me hayas pagado los 25 pesos para la bicicleta”. Sabía yo que el zumo de naranja era una trampa. En fin, pagué los 25 pesos, tardé un buen rato en colocar mis patas sobre los pedales y cuando levanté la cabeza, estaba ante la bodega “La Rural”.

“Tienes suerte, vamos a empezar la visita” dijo el guía. Me junté con un grupo de rusos que habían venido aquí para averiguar si importar vino desde Argentina era un buen negocio o si era preferible seguir bebiendo vodka. El guía nos llevó a una sala con muchos objetos que solamente había visto en películas antiguas. Nos explicó que antes la uva se recogía con las manos hasta que los franceses trajeran unas tijeras fantásticas que permitían ahorrar tiempo sin dañar la fruta. Las mismas manos que habían recogido la uva vaciaban sus bolsas en grandes cestas de piel de vaca. 

“¿Tantas máquinas para vino?” pregunté al guía. “Espera, todavía no has visto nada” dijo. Eso era el problema, no quería esperar, ya me estaba mareando con tanta información que entraba con dificultad en mi cerebro canino, hay que decir que lo llevo bien lleno. Me fui cuando el guía estaba explicando que se importaba roble francés para fabricar los toneles. Había venido aquí para probar el vino, igual que los rusos, no para saber cómo se hacía, a quién le importa eso, de verdad. Salí fuera diciéndome que si el guía se negaba a darme vino, al menos ya que estaba aquí, iba a probar la uva.

“¿Qué haces aquí?” dijo el guía. “Nada, creo que me he perdido” dije. Me miró un rato, al final sonrió y dijo “Para que un mono se pierda mi visita para probar la uva, debe gustarle mucho el vino. Tengo una vacante, necesito a una persona que ama el vino de verdad. ¿Quieres trabajar con nosotros?” Tardé un poco en contestar, seguía masticando la piel de la uva que se había hecho muy seca en mi boca. “Bueno, no contaba con ello, pero la verdad es que algo de dinero no me vendría mal. He gastado toda mi plata para sacar a mi hermano de la cárcel”. “¿Y dónde está tu hermano ahora?”. “En la cárcel”.

El guía me miró un rato más y dijo “Desde ahora mismo trabajas por La Rural. Bienvenido”. “Gracias, no sé qué más puedo decir” dije. “No digas nada. Ahora, debes conocer la empresa. Pero antes debes ver el final del proceso de fabricación. Ven conmigo”. Me llevó hasta una sala llena de cilindros metálicos.

“Aquí se hace la fermentación”. “¿Y eso qué significa?”“Eso, amigo, significa que la uva que entra aquí no sale uva”. “No lo entiendo. ¿Desaparece?” “No, Rasta, no desaparece. Se transforma. Se transforma en vino”. “De acuerdo, ahora entiendo”.

Todavía me pregunto por qué mentí al guía en ese momento porque la verdad es que no tenía ni puñetera idea de lo que me estaba diciendo. En fin, no importaba, acaba de ser contratado, parecía haber bastantes empleados aquí como para escaparme de vez en cuando para comer uva.

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