Van Gogh en Salta
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Van Gogh en Salta

Estaba convencido de que el mono de Salta al que le gustaban los plátanos era mi padre porque según el cuidador del zoo donde creció mi hermano, después de abandonarme a mí y a mi hermano en una caja de zapatos, mi padre se había ido comiendo un plátano. Era pura lógica, nunca hubiera pensado que los plátanos me llevarían hasta Papa.

Fui a todos los mercados y supermercados de Salta, pregunté a los vendedores de plátanos si conocían al mono de Salta. Me dijeron que hacía mucho que no venía por aquí, empezaban a preocuparse por él y sobre todo por su negocio ya que solía comprar 33 kilos de plátanos al día. Una señora con bigote, que no paraba de llamarme “Papito”, me comentó que al mono le gustaba mucho subir al cerro San Bernardo para escapar de la locura humana y mirar a lo lejos. Era su refugio, su remanso de paz. “Suerte Papito” dijo la señora mientras ataba los cordones de mis botas de trekking. Llegué hasta el cerro San Bernardo la lengua fuera pero no vi ningún mono. Al menos disfrute de la vista comiéndome un plátano.

 

Al llegar a la plaza 9 de Julio, pregunté a un hombre que parecía saberlo todo porque aquella plaza no se llamaba 10 de Enero. Me comentó que el 9 de Julio de 1816, el Congreso de Tucumán declaró la independencia de Argentina. No escuché mucho más, la verdad, estaba demasiado ocupado intentando poner la salchicha que acababa de comprar dentro de un plátano que había cortado verticalmente para hacerme un bocadillo fantástico. El resultado fue exquisito, el calor de la salchicha ablandó el plátano, ni siquiera tuve que añadir salsa de tomate. Me reí sólo al pasar delante de la basílica de San Francisco porque tenía los mismos colores que mi bocadillo, color salchicha y color plátano.

Comerse un bocadillo de salchicha y de plátano es en sí un buen motivo para levantarse de la cama, pero seguía sin rastro del mono de Salta. Entré en el café Van Gogh de la plaza 9 de Julio para pensar un poco, busqué inspiración mirando los numerosos cuadros colgados en la pared que, curiosamente, eran todos de Van Gogh. Coincidencias…

Mientras me preguntaba cómo debía sentirse uno después de cortarse una oreja, vi un periódico en una mesa. En la portada aparecían muchas personas levantando la mano para saludar a los lectores y, detrás de ellas, muchas banderas dormidas. Debajo de la foto estaba escrito “El G-20 respalda los planes de Europa”.

“¿Qué demonios es el G20?” pensé levantando la cabeza. Mi cerebro canino escaneó todas las opciones, un poco como ese perrito informático que busca archivos en un ordenador. Al final de la búsqueda mi cerebro llegó a la conclusión de que el G20 podía tratarse de un nuevo modelo de avión, de una carrera de coches, de un medicamento o de un grupo sanguíneo.

“¿Te gusta la política?” me preguntó el papagayo camarero. “Qué va, sólo me preguntaba quien eran esas personas de la portada” dije. “Son los administradores del mundo” dijo el papagayo. “Hay que tener un morro de panda rojo para pretender administrar el mundo” dije. “Pero es así, pero es así, pero es así” repitió el papagayo antes de volver detrás de la barra. Miré bien la foto y tuve una idea genial, aún mejor que cortarme una oreja: ir a ver a algún administrador del mundo para que me ayude a encontrar a mi padre.

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