Me hubiera encantado que el recepcionista del hostal de Rio de Janeiro tuviera tantos neuronas como trenzas. Desafortunadamente, no era así. El fax que me enseñó no lo había enviado el ministerio del Interior, sino un mochilero que se había olvidado un candado en un armario. Me explicó lo que le había confundido, el remitente de la carta mencionaba el interior del armario y pensaba que se trataba del ministerio. Le di la espalda antes de arrancarle la trufa y me vengué con los plátanos que esperaban en una bandeja.
Me senté en la mesa de un portugués que nunca hablaba. Siempre paseaba por el hostal sin camiseta y se tiraba la mayoría de su tiempo tumbado en un sofá. Me había dicho el recepcionista que esperaba resultados de unos exámenes y que estaba muy estresado. De repente, el portugués se puso a gritar levantando las manos, en una de ellas llevaba un móvil. Me abrazó, me dijo que era el mono más mono que no había visto nunca y que me quería. Empezó a trotar por los pasillos del hostal como trotan los caballos antes de saltar obstáculos. Un francés que tenía la cara quemada me contó que había aprobado sus exámenes. “¿Exámenes de qué?” pregunté. “Va a ser profesor” dijo el quemado.
Antes de que volviera el caballo a abrazarme, me escapé por la cocina, robé dos salchichas y baje la calle principal de Santa Teresa con sus cables eléctricos colgando por todas partes. Pare al lado del tranvía para comer mis salchichas y mirar unas caras enormes que un hombre estaba pintando sobre un edificio.
Un rebaño de turistas salió de un autobús comentando lo bien que lo habían pasado al subir el cerro del Corcovado para ver al Cristo Redentor . Me había parecido a mí haber visto un hombre vestido de blanco arriba de una montaña con los brazos abiertos, pero pensaba que era uno de esos frustrados de la vida que quería llamar la atención amenazando con tirarse al vacio.
Subí andando hasta el Cristo Redentor, le mire un rato pero no parecía dispuesto a conversar. Me senté a su lado y le dije que si pretendía volar, el cañón era la forma más segura, que me acababan de disparar desde Ilha do Mel. No dijo nada.
En el camino de vuelta, vi un gorro jamaicano como el mío en el suelo. Pensé un momento que mi corazón se iba a salir de mi lomo. No había lugar a duda, era el gorro de mi otro yo, de mi hermano gemelo. Cogí el gorro del suelo y debajo había una seta. Me dijo que me estaba esperando y que había tardado más de lo esperado. “Lo siento, es que me retrasé en Ilha do Mel luchando contra el Gran Caniche” le dije. “Bueno, no pasa nada, menos mal que tu hermano tuvo el gesto de prestarme su gorro, estoy un poco constipada” contestó la seta. “Siéntate Rasta, tenemos que hablar”.
Obedecí y escuché con atención lo que me tenía que decir la seta. Conocía muy bien a mi hermano, solía enterrar sus huesos a su lado para recordar siempre dónde estaban. Luego me preguntó cuándo iba a llover, decía que tenía mucha sed y que necesitaba crecer. Le pregunté por qué no se lo preguntaba al Cristo Redentor, que para eso servía. “No digas tonterías, Rasta, el Cristo está aquí para proteger la ciudad, no para predecir el tiempo”.
Empezaba a cabrearme, estaba aguantando el rollo de la seta y aún no sabía nada de mi hermano. Creo que vio mis signos de impaciencia porque en seguida me suplicó para que no la comiera, que sabía a dónde había ido mi hermano. “Se ha ido a Morretes para trabajar de guía de trekking”. “¿Guía para mochileros con sandalias y calcetines?” fue lo primero que me salió. “Sí, pero le pagan muy bien. Quiere ahorrar para viajar a Argentina. Rasta, hazme un favor, déjame el gorro de tu hermano, hace mucho frio aquí por la noche”. “De acuerdo, pero todo tiene un precio”. “Venga, me parece justo”. Le comí la parte más gruesa de la cara y me fui a la estación de autobuses.