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-     Escrito por david

Cataratas del Iguazú: Visita al diablo y a su garganta

« ¿Esto qué es? » pregunté al taxista de Foz de Iguaçu. Su mirada siguió mi dedo y entendió que me refería al semáforo. Parecía un semáforo de Formula 1, había cuatro luces rojas a la izquierda y se encendieron dos verdes a la derecha. Me explicó que aquellas luces se instalaron para evitar accidentes ya que nadie respetaba los semáforos normales. “Al menos, las luces de Formula 1 se encienden una por una y uno siempre sabe cuánto le queda por esperar” dijo. Lo que hay que hacer a veces para evitar accidentes, pensé, y no sé por qué, mi mente se fue a dar una vuelta por ahí, alcanzó el perímetro de la imaginación canina cuando me pregunté si había muchos accidentes ecuestres en la Edad Media.

Cruzamos el puente de la Amistad para pasar al lado argentino. Las cataratas del Iguazú tuvieron la mala suerte de echarse a llorar justo entre dos países, Brasil y Argentina, aunque Paraguay tampoco está muy lejos. De hecho, me había cruzado poco antes con un peruano que había venido aquí no para ver agua caer, sino por negocio, perfectamente, por negocio, había venido a comprar electrodomésticos en Paraguay, decía que eran más baratos que en Perú.

En fin, las cataratas no se pueden ver en su totalidad tan fácilmente, está el lado brasileño y el lado argentino, o sea que después de ver un lado, hay que salirse del parque, pasar Inmigración del otro país, pagar une nueva entrada porque aunque se tratan de las mismas lágrimas, es otro parque nacional. Por no tener que pagar dos entradas y sobretodo ahorrarme el cruce continuo de fronteras, pregunté cual era el lado más interesante la mayoría de los mochileros me aconsejaron que fuera al lado argentino.

La entrada del parque me costó 100 pesos argentinos. “¿Cien pesos para ver lágrimas caer entre rocas y arboles?” “Pero son lágrimas de felicidad, señor mono” me dijo la chica de la taquilla. No encontré ninguna respuesta a la altura de la suya. Empecé a caminar y sobresalté al ver un cártel que ponía Garganta del Diablo.

Fruncí el cejo, veía como todo el mundo caminaba con alegría hacia la garganta, inconscientes del peligro. Hasta había un tren que llevaba la gente a la garganta, el tren de la muerte, pensé, y el rebaño de turistas con sandalias y calcetines se pegaba por meterse en el primer vagón que veían. Decidí ir a la garganta del diablo pero no me subí al tren por precaución, caminé siguiendo el carril. De repente se terminaron los carriles y empezaron las pasarelas de madera. Después de andar otros 15 minutos escuché un ruido raro, un ruido que emite a veces el diablo para expresar su descontento manteniendo la boca cerrada. Empezó a llover también, el diablo decidió fastidiarnos el día a todos.

Me acerqué dónde estaba todo el mundo y entendí tres cosas importantes. La primera, que el ruido que escuchaba era el del agua de una catarata impresionante cayendo. La segunda, que la lluvia era en realidad el agua de la catarata que salpicaba a todo el mundo. La tercera, que la garganta del diablo era en realidad lo que estaba viendo. “Pues tiene mucha sed el diablo” contesté al guía que me explicó el tercer punto. Me dijo que era tonto, le dije que probablemente sí, me dijo que seguramente sí, “si usted lo dice” concluí antes de irme no sin haber tirado su identificación en la garganta, a ver ahora si somos tan valientes como para tirarnos en la boca del diablo.

Cogí un tren para volver y caminé hacia el conjunto de cataratas, la herradura de caballo que siempre sale en la televisión y en las postales. En medio del camino vi un animal que nunca había visto antes. Tenía la trufa negra, el cuerpo blanco, las patas negras y la cola era blanca y negra. Me pregunté qué animal era y al ver su mirada, entendí que estaba pensando exactamente lo mismo. Me dijo que era un coatí y me explicó que su nombre significaba “nariz alargada” en guaraní.

“¿Qué hace por aquí un mono cruzado con un perro?” preguntó. “Estoy buscando a mi hermano” dije. “¿Has ido a ver detrás de las cataratas?” “¿Detrás? No te entiendo, nariz alargada”. Me explicó que detrás de las cataratas, más exactamente entre el agua que cae y la roca, existía una ciudad clandestina dónde vivían animales buscados, especies en vía de extinción y perros militantes que suelen protestar ante la sede de la Real Academia para que se introduzcan expresiones caninas en los diccionarios. “Puede que tu hermano este ahí” dijo el coatí. Le pregunté cómo atravesar las lágrimas de las cataratas y me dijo que tenía une idea. No le pregunté más y le seguí no sin pisar su cola un par de veces.

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