Escrito por Tendenzias

Constanza, la sombra de Ovidio

En la costa rumana del Mar Negro, se halla la ciudad de Constanza. Es, quizá, el emplazamiento marítimo más importante del país balcánico, pues su estratégica situación la ha hecho siempre un enclave económico privilegiado.

Fundada por los griegos como una colonia del antiguo Pontus Euxinius (el Mar Negro), vivió bajo los romanos su momento de mayor esplendor. Bautizada inicialmente como Tomis, recibió su actual nombre gracias a una hermanastra de Constantino el Grande (siglo IV), manteniéndose como tal hasta nuestros días.

Su situación frente al mar está siendo aprovechada en nuestros días como un enclave de primera magnitud para el turismo de playa, a través de toda una línea de costa que enlaza con otras localidades, como Mangalia o Mamalia, habituales destinos para el descanso de los rumanos. Sin embargo, para los amantes de la Antigüedad, el mayor atractivo de esta ciudad rumana se halla en el recuerdo del exilio y posterior muerte en ella de uno de los poetas latinos más importantes de todos los tiempos: Publio Ovidio Nasón.

Nacido en la localidad de Sulmo (actual Sulmona, en la Umbría italiana), el autor de poemas tan importantes como la Metamorfosis o el Arte de amar, cayó en desgracia en los años finales del mandato del emperador Augusto, que lo exilió a la lejana Tomis. Allí, en su soledad, Ovidio escribió sus obras más sentidas, las Tristes y las Pónticas, donde defendía su inocencia frente a las acusaciones de inmoralidad del Arte de amar. Allí esperó el perdón imperial, que nunca llegó. Y allí falleció, ya bajo el mandato de Tiberio, luchando frente a los bárbaros getas, en una ciudad donde el frío y la humedad hicieron mella en la salud del anciano poeta. Esta circunstancia, sin duda, ha marcado para siempre la historia de Constanza.

La figura de Ovidio se palpa en cada rincón de esta ciudad costera de Rumanía. De hecho, su zona antigua se centra en la piata Ovidiu, presidida por una estatua del poeta, que tiene su idéntica réplica en Sulmona, ciudad hermanada con Constanza. Esta plaza fue, en época griega, el ágora de la ciudad; más tarde, con la dominación romana, se convirtió en foro; finalmente, con la llegada de los turcos, fue el zoco. Actualmente, acoge el Museo de Historia y Arqueología de Constanza, un edificio que en su día había albergado el Ayuntamiento de la ciudad.

Las diferentes plantas del Museo nos llevan por un recorrido histórico de la vida de esta ciudad, desde sus primitivos habitantes hasta el siglo XX. Sin duda, las joyas de este museo se encuentran en la “Sala del Tesoro”, que recoge, entre otras piezas, un Glykon, la representación de un curioso ser mitológico que fue escondida por las conversiones forzosas al Cristianismo de los paganos, en los años finales de vida del Imperio Romano.

Junto al Museo Arqueológico, se encuentra uno de los restos más importantes de la época romana: el Edificio del Mosaico. Formado por varias terrazas a los pies del antiguo puerto pesquero de Tomis, su función muy bien podría haber sido la de almacén de productos marítimos. Pero lo más destacado es el mosaico de diversas formas geométricas que preside la terraza superior, a partir del cual se puede acceder al exterior del edificio, con una espectacular vista al actual puerto de Constanza. En él se puede observar un ir y venir de barcos, que nos indican, sin duda, la importancia del mar en la vida económica de esta ciudad.

A partir de la piata Ovidiu, las diversas calles de la parte antigua de Constanza nos llevan al mar. Previamente, nos encontramos con una de las pocas mezquitas que todavía siguen en activo en Rumanía. Y, muy cerca de ella, la catedral ortodoxa, del siglo XX. A partir de ahí, el Mar Negro se hace visible en todo su esplendor en Constanza. El paseo marítimo que bordea el extremo sur de la ciudad alberga el antiguo y lujoso Casino, reconvertido en restaurante, que nos recuerda la presencia de la alta sociedad de Constanza de finales del siglo XIX y principios del XX paseando frente al mar.

Fuera de la parte antigua de la ciudad, una vez atravesado el Parque Arqueológico y las murallas de Tomis, nos hallamos en la zona comercial de Constanza, ideal para compras de última hora o para tomar un café. Por aquí se pierde el rastro de Ovidio, ya que nos sumergimos en una pequeña vorágine moderna que poco tiene que ver con el encanto de las calles del casco antiguo de esta ciudad.

Constanza, o Tomis, fue la tumba de un Ovidio que, lejos de su querida Italia, falleció mirando el Pontus Euxinius y soñando volver a Roma. Su deseo nunca se cumplió. Pero, para nosotros, ha dejado un rastro de nostalgia y soledad en Constanza. La estatua que preside la plaza que lleva su nombre es, sin duda, reflejo de estos sentimientos.

Y mirando al mar se despide también el turista que llega a Constanza siguiendo la estela del genial poeta de Sulmona

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