Escrito por Tendenzias

Entrevista única con el glaciar Perito Moreno

Nada más llegar a El Calafate, una ciudad repleta de albergues, hoteles y restaurantes que pasaría totalmente desapercibida si no hubiera cerca un hielo gigante, fui a la oficina de información turística y pregunté donde estaba el cachorro negro. “No sé a qué cachorro se refiere, señor mono” dijo la chica, “¿Ha usted perdido su perro?”. “Es mi hermano que ando buscando, muñeca, y algo me dice que ha ido a ver al perrito moreno” dije. “¿Se referirá usted al glaciar?” “¿Qué tiene que ver un pedazo de hielo con un cachorro negro?” pregunté, nadando en plena confusión. Me explicó la chica que Perito Moreno era el nombre del glaciar. “¿En serio? ¿A quién se le ha ocurrido ponerle un nombre así a un trozo de hielo?” “Al señor Moreno, supongo, el que descubrió el glaciar”.

En el bus que me llevaba al parque nacional Perito Moreno, mi corazón se volvió inexplicablemente francés, se llenó de enfado y de rebelión contra este experto que pretendió descubrir el glaciar. Señor Explorador Francisco Moreno, de verdad, no se ofenda, pero hay que tener un morro más largo que un coatí del parque de las cataratas del Iguazú para llegar por casualidad delante de un glaciar de 250km² y de 30km de largo que estaba aquí cuando el pequeño Francisco no era más que una semillita y decir “le voy a dar mi nombre a este pedazo de hielo”. A usted, Don Moreno, ¿le hubiera gustado que llegase el glaciar en el hospital cuando nació para decir “este niño le voy a llamar cubito de hielo”? Me parece a mí que no.

La vista del glaciar interrumpió esta profunda reflexión: delante de mí, flotando sobre el agua, estaba el cubo de hielo más grande que no había visto nunca, cuya profundidad se perdía en el horizonte.

De hecho, todo el mundo estaba maravillado con esta joya de la naturaleza. Dos hombres comentaban la reciente ruptura del glaciar, un trozo se había caído la semana anterior, un fenómeno que estaba muy esperado. Desafortunadamente para los turistas y los medios de comunicación, el glaciar decidió fastidiarles a todos y se rompió durante la noche pensando “eso es por haberme dado un nombre tan feo”.

Caminé dos horas sobre las pasarelas metálicas para ver el glaciar desde varios ángulos. No parecía de muy buen humor, quizás por el cielo nublado, y no paraba de gruñir. “¿Estás enfadado?” le pregunté. “Ya ves tú, dijo el glaciar, ¿A ti te haría gracia que un humano recién parido te pusiera su nombre sin consultarte?” “Pues la verdad que no, dije, te entiendo perfectamente.” “Y lo peor de todo, el colmo de la humillación, es que vienen grupos a pasear sobre mi espalda, se sientan tranquilamente y me arrancan cubitos de hielo para echar en sus vasos de whisky, como si nada” se quejó el glaciar. “Bueno, si te contara lo que hacen los turistas en las cataratas del Iguazú… Se suben a una lancha para ir debajo de las lágrimas” dije. El glaciar lloró al oír esta trágica noticia, se le cayeron pedazos de hielo.

“Tú no eres como los demás turistas” me dijo el glaciar. “¿Lo dices porque llevo un gorro jamaicano?” “No, lo digo porque llevas aquí 20 minutos y todavía no has sacado ninguna foto. Es lo que hacen normalmente los turistas, vienen por aquí, dicen “uy qué bonito”, sacan fotos de mí sin consultarme y se van contentos.

Me daba algo de pena el glaciar pero me estaba congelando escuchándole. “Dime una cosa, cubo, ¿no habrás visto un gorro como el mío pasear por aquí?” “No, pero no me sorprendería que estuviera en El Bolsón. Es una ciudad fundada por los hippies, seguro que encontrarás muchos gorros como el tuyo ahí”. “Gracias, cachorro… Digo, experto. Bueno, me gustaría hablar más contigo pero tengo los pies congelados, me voy a ir.” “Lo entiendo. Por cierto, ¿Cómo es tu nombre?” “Rasta Farry” dije. “Vaya nombre más feo, seguro que te lo puso un humano” dijo el glaciar. “Eso es el problema, no conozco a mis padres, por eso estoy viajando, busco mis raíces”. “No te puedo ayudar, como ves, soy un glaciar, no tengo raíces. Pero si encuentras a tu hermano, pásate a verme, os daré hielo para vuestras copas”. Di las gracias al glaciar, me despedí de él y me respondió rugiendo y llorando lágrimas congeladas.

 

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