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Seduciéndo a Barbie en Buenos Aires (2/3)

En cuanto vi a Barbie entrar en el bar sentí como un rayo atravesar mi cuerpo hasta cada una de mis trenzas. Era todavía más linda que en las cajas de plástico del supermercado donde solía ir a comprar. Definitivamente, mi amigo Manuel no me había mentido, la noche porteña merecía la pena. Me veía tan desarmado que me di la vuelta antes de que Barbie me viera y pedí la primera cosa que vi en el menú, unos ravioles con estofado. Reconozco que la gastronomía argentina es increíble, estuve a punto de tener un orgasmo culinario.

La pansa llena, me gire y vi que Manuel seguía besando al melocotón en el medio de la pista. Observé a Barbie con atención, deteniéndome en cada detalle, deseando sacar toda la información posible antes de hablar con ella. No es que no sepa empezar una conversación con una desconocida, pero nunca lo había hecho con una muñeca. Me pregunté lo que le podría decir para llamar su atención, tenía que ser algo original, eso seguro, porque las muñecas como Barbie ven centenas de bocas abiertas con saliva cayendo acercarse a ellas todos los días.

Entonces vi un cartel en la pared y tuve una idea genial. Ya que Barbie era sin lugar a duda una persona de otra galaxia, tenía que hacerme pasar yo también por alguien de otra galaxia. No, no me refiero a la cara de mono bastardo que tengo, tenía que ser algo más profundo que le llegara hasta el corazón, como esas flechas que lanza Cupido y que nunca fallan. Antes de decidirme, mire a ver si estaba por aquí Cupido, por qué no, era una fiesta VIP, me hubiera facilitado el trabajo, pero parece ser que no había sido invitado a la fiesta.

Di un paso hacia delante y me paré, volví hacia la barra. “¿Cómo demonios la voy a llamar?” pensé. Seguro que esta pregunta se la hacían todos los hombres que pretendían conquistar a Barbie antes de encontrar una palabra romántica o venida de otra galaxia. Al pensar que todo el mundo hacía estos esfuerzos para buscar un nombre complejo, llegue a la conclusión de que seguramente nadie la había llamado por lo que realmente era. Me acerque con mucha confianza y le dije: “¿Cómo estás, muñeca?”. Se dio la vuelta, me miró un par de segundos y me dijo: “¡Qué original, nadie antes me había llamado muñeca!”. Dijo al hombre con quién estaba hablando que se fuera a dar un paseo, el hombre obedeció sin discutir.

“Antes de hablar contigo, necesito asegurarme de que eres de otra galaxia como yo” dijo Barbie. Me puse la mano sobre el corazón y fingí el dolor, “Barbie, me hunde que no me hayas reconocido a la primera”. Se quedó tonta un rato, parpadeó como una muñeca de plástico, hasta pensé que iba a abrir la boca y decir “Soy una muñeca muy linda, soy una muñeca muy linda”. De repente vio el cartel en la pared, me miró de nuevo, se tapó la boca con la mano y dijo: “Dios mío, no puede ser”. Me coloque delante del cartel para que se lo pudiera creer y le dije con une prepotencia francesa: “Aquí me tienes, muñeca, Bob Marley en persona”.

Todo el mundo en el bar se giró, excepto Manuel que estaba auscultando la boca del melocotón para comprobar si tenía caries. Casi sin darme cuenta, me rodearon todas las amigas de Barbie, todas muñecas rubias con ojos azules cuyo débito de palabras era aún más elevado que él de las cataratas del Iguazú, cosa que pensaba imposible. “¡Es Bob Marley, es Bob Marley!” decían todas tocándome las trenzas. Barbie se acercó también, dijo que había venido a verla a ella primero, el tono subió y todas las muñecas empezaron a tirarse del pelo. Afortunadamente, las muñecas tienen peluqueros muy buenos que saben cuidar de su cabello porque por mucho que se lo tiraban, el cabello se resistía y se quedaba en su sito, negándose a salir del cráneo que tan bien le cuida.

Vinieron hombres de seguridad para poner un poco de orden, Barbie enseñó con el dedo a las que querían que echaran y así hicieron. Nacer en otra galaxia da muchos derechos. Luego me abrazó y en ese momento pensaba que la muñeca era yo, no paraba de tocarme las trenzas y decirme que era su cantante favorito. Me pidió que cantara, le dije que no podía actuar bajo el efecto del Fernet, que podía dañar mis cuerdas vocales. “Entonces coge tu guitarra al menos, quiero sacarte una foto para poner en Facebook” dijo la muñeca.

Barbie ya no me soltó de toda la noche, hasta llegue a decirme que era muy fácil conquistar a una muñeca, al fin y al cabo, sólo había que inventarse una historia creíble y obedecer sus órdenes. Fue a cambiarse, se vistió de peruana y se puso una peluca morena, así nadie la reconocería y podríamos hablar en paz, dijo. Le conté el estrés continuo que se vive durante una gira, el peso que representa ser una estrella mundial con la que millones de personas se identifican. Dijo que me entendía muy bien, que a ella le pasaba lo mismo, que dejaba parte de su alma en cada muñeca que se vendía en los supermercados.

Hubo un silencio, no muy largo pero suficientemente largo para que los dos entendiéramos que había llegado la hora de la verdad. “Muñeca, como no me digas nada en los próximos tres segundos, te voy a dar un beso canino que nunca olvidarás”. Parpadeó sin decir nada, me acerque lentamente y, a punto de caerme de mi taburete, mi boca se estrelló contra la suya.

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