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Seduciéndo a Barbie en Buenos Aires (1/3)

Llegué a la casa de Barbie, en el pleno centro de Buenos Aires, riéndome al pensar que los pintores de la ciudad se habían quedado sin pintura y habían tenido que pintar las casas del barrio de la Boca con lo que sobraba. Pregunté a los mayordomos de la entrada si Barbie estaba en casa. “Barbie no vive aquí, dijo uno, esto es la Casa Rosada, la sede del Poder Ejecutivo de la República Argentina”. “¿Vaya, y por qué está pintada de rosa?” “Porque aquí gobierna una muñeca, pero no se llama Barbie. Sin embargo estás de suerte, Barbie está en la ciudad estos días, ha venido desde Europa para ir a una peluquería muy famosa”. Di una propina al mayordomo por su hospitalidad y me miró como si le hubiera dado una revista sobre los pandas rojos.

Tenía un amigo en Buenos Aires que no pensaba contactar, no es que no me caiga bien, pero le gusta mucho la fiesta, y después de la fiesta espuma en una isla cerca de Salvador de Bahía, me había jurado a mí mismo no volver a beber más de la cuenta. “Quizás sepa dónde encontrar a Barbie, quizás Barbie tenga el brazo suficientemente largo para contactar a las personas adecuadas que me podrían decir a dónde demonio está mi hermano” pensé. Reflexioné un rato para asegurarme de que mi razonamiento era correcto, llegué a la conclusión de que era lógica pura. Llamé a mi amigo Manuel, me indicó su dirección en Belgrano y en cuanto llegue, me abrazó y me dijo que mi cerveza ya me estaba esperando. “Es que he dejado de beber, Manuel”. “¡Vamos, no puedes venir a mi casa y decirme burradas así, esta misma noche te llevo de fiesta, no puedes irte sin conocer la noche en Buenos Aires!”. “De acuerdo pero solo una”. “¡Claro que sí!” dijo, se fue a la cocina y volvió con un cartón de veinte latas de Quilmes.

Después de tres cervezas, ya no hacía falta que Manuel me invitara a abrir otra. Hablamos de lo que suelen hablar la gente que bebe latas de cervezas, de todo y de nada, convencidos como nunca de detener en nuestra boca la verdad absoluta, la que se olvida enseguida al abrir una nueva lata. De repente me acordé por qué le había llamado y le pregunté dónde podría encontrar a Barbie. “Pues mira, dijo, conozco un bar adonde suelen ir los VIP, seguramente la encontraremos ahí”.

Fuimos en su coche hasta el barrio de Puerto Madero, me dijo cinco veces que la avenida 9 de Julio era la avenida más ancha del mundo. “Vaya record más triste” pensé. Aparcó a tres cuadras del lugar, dijo que los porteros nunca nos dejarían entrar si veían su coche. “Mi coche es caro pero aquí sólo hay coches muy caros”. Me di la vuelta y vi que el parachoques estaba tocando el suelo y que el retrovisor colgaba, a punto de caerse.

Finalmente entramos sin problema, cuando el portero me preguntó por qué debería dejarme pasar le expliqué que era una fiesta Very Important Perros, se calló y se apartó. Había muchas mujeres guapas con vestidos muy caros. “¡Rasta, prueba esto!” me dijo Manuel y me dio una copa. Estaba muy rico, la verdad, me explicó que era Fernet. “Mírame esas chicas, parecen manzanas recién caídas del árbol, ¿verdad?”. Por mucho que miraba a las chicas, no les encontraba ningún rasgo de fruta, pero después de tres Fernet entendía perfectamente lo que quería decir Manuel, de hecho cada vez que miraba a una chica veía una fruta diferente.

Manuel empezó a bailar con un melocotón, invité a una piña pero se negó. Al final aceptó bailar conmigo una pera. Ella se movía muy bien en la pista, movía el trasero con mucho estilo, intenté impresionarla haciendo el helicóptero, mi truco favorito que consiste en sacudir mi cabeza para que mis trenzas se muevan todas a la vez y se parezcan, con la velocidad, a una hélice de helicóptero. Se rio mucho pero tuve que parar, me estaba mareando. Para impresionarla aún más, me subí sobre un cartel de Fernet Branca y me mandó un beso al aire.

Cuando me levanté después de haberme caído del cartel, la pera había desaparecido y todo el mundo me estaba mirando. Aún no entiendo por qué, todo el mundo se puede caer de un cartel de Fernet Branca, qué yo sepa. Manuel seguía bailando con el melocotón, miré alrededor pero todas las frutas ya estaban recogidas. Dije a Manuel que me quería ir, me dijo que me esperara, que estaba a punto de beberse un zumo. “Bueno, si quieres irte, te dejo la llave del coche” dijo. Me las dio, me subí al coche, intenté arrancar pero no sabía dónde meter la llave, creo el Fernet me estaba jugando una mala pasada. “Puede que los coches argentinos sean diferentes” pensé.

Llamé a Manuel, le pregunté cómo arrancar el coche y nada más verme se empezó a reír, el melocotón también. “Es que hace mucho que no conduzco” dije para justificarme, pero creo que mi excusa no sirvió de mucho porque se rieron aún más. El camarero vino a verme, me pidió que me bajara del coche si no me importaba. “Sólo quiero ir a casa” dije. “Pues me parece a mí que no vas a ir a ninguna parte como sigas en este coche”. Saque la cabeza fuera y al ver que el retrovisor no colgaba, comprendí que me había equivocado de coche.

Me baje del vehículo, dije a Manuel que me iba caminando y justo cuando iba a abrir la puerta para irme, entró Barbie. “Con esa mirada que tienes, seguro que sabes a dónde está mi hermano” pensé antes de darme la vuelta y pedir otro Fernet.

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