Limpia, serena, elegante, digna. Un refugio para los sentidos y un placer para el espíritu. Así es Menorca. Esa isla que todos los viajeros algún día soñamos. Ese destino de playa donde, sin estar masificado por el turismo, podamos coger nuestro coche y perdernos por las carreteras, para desde ella, ver una pequeña cala, tranquila y apartada, donde quedarnos y disfrutar de la calma que se respira en toda la isla y de sus inmensas y tranquilas aguas color turquesa.
Menorca ya fue históricamente el refugio de muchos barcos que transitaban en su comercio por el Mediterráneo, pero no siempre tuvo la calma que tiene ahora. Por su situación, Menorca, una isla que destaca por su cultura talayótica, recibió en sus costas a fenicios, cartagineses, romanos y musulmanes. Y fue precisamente, tras el tratado de Utrecht, en el año 1708, cuando al pasar a manos inglesas, alcanzó su máximo esplendor, pues la dotaron de una gran parte de la imagen de la que presume hoy día, aparte de fortalecerla defensivamente de los acosos a que era sometida habitualmente por la piratería.
Menorca, que al contrario que Mallorca e Ibiza, es mucho más llana, tiene paisajes muy diferentes entre el norte y el sur. El norte es mucho más agreste y destaca por sus acantilados, por sus playas de arena oscura, por su mar verdoso. El sur, por contra, es mucho más tranquilo, más blanco, más relajante, con calas de arena blanca y aguas de un azul turquesa espectacular. En el Sur es donde nos encontramos las mayores muestras de esa cultura prehistórica que tantas señales, en forma de taulas y talayots, dejó por toda la isla, entre la que destaca, principalmente la naveta de Tudons, el monumento funerario más antigüo de Europa.





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